La habitación 327. El corazón me late en la garganta. Miro el reloj del móvil: 16h32. Exacto. Las instrucciones eran claras: esperar en el pasillo hasta la hora, luego entrar sin llamar. Cobra lo había presentado como un juego. Mi juego. Pero ahora, la mano tiembla en el picaporte. ¿Y si es una trampa? ¿Y si él no es como en los mensajes? Sudor en las palmas. El pasillo huele a moqueta aspirada, a hotel impersonal. Odio eso. Pero aquí estoy, impulsada por meses de fantasías. Abro la puerta despacio. Luz tenue. Un hombre sentado en la silla, no en la cama. No es él. Alto, mirada intensa, libros en las manos: Pascal y Valéry. Mi pulso se acelera. ¿Quién coño eres?
Se levanta lento. Voz calmada, grave. “No soy Cobra. Te salvé de él.” ¿Qué? Risa nerviosa mía. Quiero huir, pero sus ojos me clavan. Me habla de vigilancia, de impostores, de un libro dedicado. Thomas l’imposteur. Mi estómago se revuelve. Excitación mezclada con rabia. Pero hay algo en su postura, en su honestidad cruda. No hay guion. Solo nosotros. Se acerca. Huele a jabón simple, a hombre real. Mi piel eriza. “Si quieres irte, vete. Si no… improvisemos.” No me muevo. El aire se espesa. Mis pezones duros bajo la blusa. Bajamos las defensas. Él duda, malhablado. Toca mi brazo. Chispa. Corazón desbocado. No hay vuelta atrás.
La aproximación: nervios y deseo en el umbral
Sus labios rozan los míos. Tímido al principio. Maladroite. Dientes chocan. Risa ahogada. Luego, hambre. Me empuja contra la pared. Manos en mi cintura, bajando la cremallera del vestido. Frío del aire en la piel desnuda. Gimo. Él jadea. “Primera vez así… sin plan.” Yo igual. Siempre controlada, pero esto es caos puro. Sus dedos torpes en mi sujetador. Se engancha. Reímos. Tensión sexual estalla. Lo arranco de la camisa. Piel caliente, pecho velludo. Lo muerdo. Él gruñe. Caemos en la cama. Olor a sábanas frescas. Mi mano baja. Lo palpo. Duro, palpitante. Real. No como los juguetes de mis sueños. Lo acaricio. Él tiembla. “Despacio…” Pero no. Urgencia. Abre mis piernas. Dedos húmedos en mi sexo. Empapada. Jadeo fuerte. Entra uno, dos. Arqueo la espalda. “Sí…” Primer roce de su lengua. Cruda, ansiosa. Lamida torpe, pero viva. Explosión. Clítoris hinchado, nervios en llamas. Grito. Él sube, pene en mi entrada. Empuja. Dolor placer. Lleno. Mueve caderas. Ritmo nervioso, descoordinado. Perfecto. Sudor gotea. Uñas en su espalda. “Más fuerte.” Golpes profundos. Corazón atronador. Orgasmo sube. Ondas. Me corro gritando. Él sigue, gruñendo. Se vacía dentro. Calor líquido. Colapso.
Después, silencio pesado. Cuerpos pegajosos. Su cabeza en mi pecho. Respiro entrecortado. No hay vergüenza. Solo paz. Miro el techo. Inocencia rota. Ya no soy la mujer de fantasías planeadas. Esto fue real. Crudo. Vivo. Me salvó de Cobra, pero me abrió a mí. Le acaricio el pelo. “¿Y ahora?” Sonríe. Muestra la combinación y el casco. “¿Motos?” Risa. Salimos. Viento en la cara. Libertad. Esa noche cambió todo. Fin de la niña buena. Inicio de la mujer que improvisa.