Aún siento el corazón latiendo fuerte en la librería del Barrio Latino. Hojeaba libros de ciencia ficción, pero mis ojos bajaban al estante inferior. Libros prohibidos. ‘Dresseuses d’hommes’. El título me erizó la piel del bajo vientre. Me agaché, lo saqué. Lo abrí. Ilustraciones que aceleraban mi pulso. De repente, un perfume intenso. A mi derecha, piernas de mujer. Parálisis. Su falda plisada negra se mecía. Puso un pie en la estantería. La raja mostró una pierna enfundada en negro, desde el zapato de tacón hasta la liga. Un segundo eterno. Bajó la falda. Mi cara ardía. Quería huir, pero mi erección me clavaba. Ella se fue, su falda rozó mi rostro. Pagué temblando y salí.
El aire fresco no calmó el fuego. Iba a una entrevista laboral. Instituto de formación para adultos. En recepción, una rubia sonriente me guió al despacho de Mme Barnier. Entré. Ella, concentrada en papeles. Levantó la vista. Ese perfume. Imposible. Me miró escéptica. ‘Demasiado joven para mandar’. Busqué defender mis competencias, pero su mirada inquisidora me deshizo. ‘Boy’. El tono irónico me pinchó. Busqué sus ojos, pero bajé la vista. Imágenes de la librería. ‘Lees mucho’. Miró mi bolso. Se levantó, se sentó en el escritorio. Perfume envolviéndome. ‘Abre el bolso’. Obedecí, rojo de vergüenza. Sacó el libro. ‘¡Estas grabados! Un chico de rodillas mirando bajo faldas’. Mi arrogancia se derrumbó. Reconocí la falda, los zapatos. Ella. Mi futura jefa. ‘Lo usaré mejor. Lo leerás conmigo o mis asistentes’. Salí contratado, con el corazón desbocado, imaginando sus formas bajo la blusa.
La Aproximación
La secretaria rubia me miró divertida. Sus caderas en falda corta. Me dio la lista: solo alumnas. Esa noche, en casa, todo me obsesionaba. Televisión: piernas cruzándose para mí. Manos en mi polla dura. Pinchazos en pezones. Gimiendo, de rodillas. Vergüenza deliciosa.
El Instante
Al día siguiente, clase particular con Mme Mory, 47 años. Esperaba una dama dulce. Llegó tarde, jadeante. Bruna, redonda, falda ceñida, escote profundo mostrando encaje negro. Se disculpaba, inclinándose. Nada preparado. A cada fallo, mirada contrita, vistas tentadoras. Me excitaba. Imaginé levantarle la falda, azotarla. Audacia nueva. ‘Perezosa’. Ella minaudió: ‘El anterior era estricto’. La reté. Se enderezó, desafío: ‘Algunos hombres no mandan’. Movió el pie en zapato. Ira y deseo. ‘Siéntese derecha’. Obedeció. Agarré su mentón. ‘¿Qué mereces?’. Mano en su garganta. Desabroché botones. Sus pechos en encaje. Los saqué. Suaves, redondos. ‘Fessée cul nu’, jadeó. ‘De pie, sobre el sillón’. Se subió, falda tensa. ‘Trúsatela’. La levantó despacio. Muslos hasta carne blanca. Culotte fina. La bajó. Culo desnudo, magnífico. Mano en riñones. Calor. Dedo entre nalgas. ‘Badine en el cajón’. La encontré. Golpes: uno, dos, diez. Se arqueaba, gemía. Chupaba mis dedos. Pechos colgando, medias tirantes, culo rosado. Badine entre muslos, en su coño húmedo. Explotó en orgasmo. Me acerqué, polla dolorida. ¡Bofetada! ‘No’. Se vistió digna y se fue.
Quedé paralizado. Frustración ardiente. Pero algo había roto en mí. Esa primera vez azotando, dominando a una mujer madura. Inocencia hecha trizas. Ahora sabía el poder del deseo prohibido, el pulso de la sumisión ajena. Caminé a casa con el eco de gemidos, listo para más.