Subimos al tejado en silencio. El bloque de apartamentos viejo, en una calle polvorienta de la estación balnearia. Mi corazón latía fuerte. Dos horas de permiso de mamá. Ella lo sabía, me había dado la píldora. No era un sí, pero tampoco un no. Él, el chico guapo y tierno, me tomaba de la mano. Paseamos lamiendo helados, rozando vitrinas. Me preguntó por la discoteca. Negué con la cabeza. Quería otra cosa. Algo mudo, urgente. Trepamos los peldaños metálicos anclados en la fachada. Nervios en el estómago. El aire fresco de la noche. Arriba, el techo plano. Su colchón hinchable, el saco de dormir. El lujo era eso: el cielo abierto.
Se fue por bebidas. Nos sentamos cerca. El ruido de la calle abajo se apagaba. Murmullos. Suspiros. Mi piel picaba de anticipación. Yo era joven, había conocido el sexo antes. Amargo, torpe. Pero con él, todo parecía nuevo. Miedo y deseo revueltos. ¿Y si alguien nos ve? ¿Y si mamá llama? No había vuelta atrás. Sus ojos me decían: confía. Mi pulso acelerado. El calor subía por mi pecho. Sabía que pasaría. Lo quería. El primer paso irreversible.
La aproximación
Me desvistió despacio. Dedos temblorosos en mi blusa. Botones uno a uno. Piel de gallina. Besos suaves en el cuello. Nervioso, él también. Mi respiración entrecortada. Se quitó la camisa. Cuerpo joven, fuerte. Me tendí en el colchón. El aire nocturno lamía mis pechos desnudos. Sus manos exploraban. Tímidas al principio. Luego firmes. Mi coño ya húmedo, palpitante. El primer roce de su polla dura contra mi muslo. Explosión. Jadeos. Me abrió las piernas con cuidado. Entró lento. Dolor dulce, lleno. Movimientos suaves. Susurros: ¿estás bien? Sí. Más. El ritmo creció. Sudor. Gemidos ahogados. El cielo encima, estrellas testigos. Mi cuerpo arqueado. Nervios rotos en éxtasis. Orgasmo brutal, primero de verdad. Él se corrió dentro, temblando.
Después, abrazados. Cuerpo pegado al suyo. El corazón aún martilleando. No era solo sexo. Era respeto, ternura. Sacro. Mi inocencia rota, pero en alto. Elevada. Regreso prematuro. Bajé las escaleras con piernas flojas. Él se quedó arriba, mi Romeo. Mami sospechaba. Serments de amor eterno, pero la distancia ganó. Aun así, esa noche me cambió. Descubrí el deseo bello. El amor bajo el cielo. Nunca bajé de esas alturas. El tejado: mi altar primero. Fin de la niña, inicio de la mujer deseante. Una huella eterna en la piel, en el alma.