Estaba en el apartamento de Laetitia, tendida al borde de su cama. Desnuda, vulnerable. El corazón me latía fuerte, como un tambor en el pecho. Ella acababa de afeitarme el pubis. Cada pozo negro desaparecido. Liso, expuesto. Nunca imaginé esto. Con una mujer. Mi mejor amiga. Pero el accidente de la foto en SnapShoot lo había cambiado todo. Ahora, aquí, piernas abiertas, sentía su mirada. Caliente.
Laetitia untó la loción en sus manos. Fría al principio. Luego, cálida. Sus dedos rozaron mi monte de Venus. Despacio. Masajeando. Bajó a mis labios. Insistió en el clítoris. Un escalofrío me recorrió. ‘Abre más las piernas’, murmuró. Obedecí. El miedo se mezclaba con un deseo desconocido. ¿Y si paro? Pensé. Pero no pude. Mi cuerpo ardía. Humedad traicionera se unía a la loción. Ondulaba las caderas sin querer. Sus dedos presionaban suave. Evitaban cortes, pero rozaban justo ahí. El pulso acelerado. Respiración entrecortada. Sabía que no había marcha atrás. Esto era nuevo. Prohibido. Excitante.
La Aproximación: Tensión y Entrega
De pronto, su boca. Caliente. Húmeda. Sobre mi sexo. La lengua tocó mi clítoris. Explosión. Grité. El orgasme llegó inmediato, brutal. Olas me sacudían. Cuerpo arqueado. Ojos cerrados. Ella no paraba. Lamía suave, succionaba. Mi inocencia se rompía ahí. Primera vez con lengua de mujer. Delicada, precisa. Nada como los chicos torpes.
La Huella: Renacer en Placer
Me incorporé. Ella desnuda ya. Se tocaba. Se me invitaba con sonrisa. La besé. Sus pechos firmes. Más llenos de lo que imaginaba. Mordí pezones. Bajé la mano. Su sexo liso, empapado. Dedos dentro. Vagina apretada. Luego ano. Ella gemía. Me arrodillé. Besos en vientre. Caderas. Monte. Boca en su coño. Mordí labios. Lamí clítoris. Introduje lengua. Dedo en ano. Ella explotó. Chorros en mi boca. Líquido caliente, sin sabor. Lo tragué. Asombrada. Real. Viscera.
Después, tendidas. Sudorosas. Abrazo tierno. Su cabeza en mi hombro. Silencio dulce. Ya no era la misma. Inocencia ida. Pero libertad nueva. Aquella noche, entre jeans viejos y nueva ropa, renací. El corazón calmado, pero latiendo fuerte por más. Mañana, Julian. Pero ahora, sabía: el placer no tiene género. Solo entrega. Y yo, lista para todo.