Estaba acostada en la cama. La luz dura del verano se colaba por las rendijas de las persianas cerradas. Rayos finos lamían mis curvas. Él me observaba. Su piel mate y lisa brillaba con sudor leve. Tenía un vaso de whisky en la mano, agitaba los hielos. Yo cerré los ojos. Sentía sus ojos en mi vientre, en mi pubis, en mi boca. Restos de su semen seco aquí y allá. Acababa de correrse en mi garganta, espeso, abundante. Luego frotó su polla flácida en mis mejillas, en mi frente. Yo la limpié, tragué las gotas que perlaban. Mi corazón latía fuerte. Hacía tanto que no follaba alguien así. Nerviosa, excitada por lo desconocido. Esto era nuevo. Prohibido.

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Se acercó por detrás. Me giré de lado. Mojó un dedo en el whisky y lo pasó por mis labios finos. Los entreabrí. Saqué la lengua, lamí su índice. ‘Abre la boca’, susurró. Lo chupé como si fuera su verga. ‘Lame, lame bien’. Me apliqué. Él endureció de nuevo. Pegó su polla al inicio de mis nalgas. Seguí lamiendo, tomé otro dedo, luego otro. Cuatro en la boca, lengua en su mano. Puso el vaso en la mesita. ‘Sigue, chúpamelos bien’. Me abrazó por detrás. Su otra mano jugaba con mis tetas pesadas, endurecía pezones, pellizcaba. En el espejo de la habitación lujosa, veía nuestros cuerpos. El mío, perfecto, liso. El suyo, pesado, pálido, imperfecto. Me excitaba más.

La aproximación: nervios y deseo prohibido

Me volteó hacia él. Me besó lento, hurgó mi boca con obscenidad. Lengua en lengua, saliva mezclada. Mano bajando a mi vientre. ‘Ecarte las piernas, más’. Me masturbó. Un dedo en mi coño estrecho y caliente, luego dos. Jugó con mi clítoris hasta que mojé, hasta que mi respiración pesó. Corazón desbocado. Sabía que no había marcha atrás. Esto era el paso. La primera vez por detrás. Nervios en el estómago, deseo quemando.

Se arrodilló en la cama. Polla gruesa ante mi boca. ‘Cómela, puta’. Me lancé. La hundí en la garganta. Amasé huevos, dedo en su ano. Gimió. ‘Sabes hacerlo, Léa. Despacio, déjame disfrutar’. Varias veces casi se corre, pero controló con mis pelos. Sacó la verga húmeda, roja. Se puso entre mis piernas. Las abrió más. Levantó mi culo a su boca. Lengua girando en mi ano. Ya me lo había metido antes, pero ahora era diferente. Primera vez plena. ‘Sí, quiero que me folles por ahí’, gemí. ‘Te lo voy a dar bien, lo vas a sentir’. Me lamió largo rato. Saliva y jugos chorreando. Tres dedos entraban. Se irguió. Glande ancho en la entrada. Entró despacio. Lento. Toda la polla dentro. Me metió dedos en el coño. Sentía su verga a través de la pared fina. Explosión. Dolor dulce, plenitud nueva. Latidos en las sienes.

El instante: penetración brutal y éxtasis

En el espejo, me veía. Piernas en sus hombros anchos. Su panza sudorosa chocando mi vientre. Polla entrando y saliendo de mi culo. Chupetones húmedos, carne chocando. Me besó obsceno, amasó tetas, escupió en mi barriga y untó como semen. Bestial. Yo chorreaba. Manos en su nuca calva, besé pezones, acaricié su cuerpo pesado. Esa verga ancha me volvía loca. ‘Me encanta que me folles, hazlo siempre’, dije. Me puso a cuatro patas. Volvió al culo. ‘Mírate, perra’. En el espejo, yo ofrecida, él tirando mis pelos negros, sonriendo. Jugueteó mi coño con el glande, volvió al ano. Me folló largo. Dolía, pero supliqué más. Quería su leche dentro.

Se desató. Tiró pelos, mano en tetas. Corrióse de golpe. Jets cortos, espesos, calientes en mi culo. Lo sentí todo. Salió, semen bajando piernas. Caí en la cama, nalgas ardiendo. Me besó el cuello, lamió sudor. Más tarde, en la puerta, puso mi mano en su bragueta. Dura otra vez. Sonreí. Beso largo. Me folló toda la tarde, toda la noche.

‘La próxima, seremos dos’. ‘¿Cómo es?’. ‘Cincuenta, polla como te gustan. ¿Quieres?’. Dudé. ‘Sí’. Le di mi número. Algo peligroso nació. Él con gafas parecía notario. Me besó, mano bajo falda, caricias en nalgas. Salí. En el ascensor, espejo: cansada, pálida. Arrepentida, pero excitada ya por la noche. Afuera, calor húmedo, luces malas. Iba a llover. Mi inocencia rota. Adulta ahora. Marcada para siempre.

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