Sábado por la mañana en la biblioteca universitaria. Silencio total. Leo a Chéjov por centésima vez. Las estanterías vacías. Los estudiantes cuelgan la resaca de la noche anterior. De repente, su aliento en mi hombro. Anya. Ese escote profundo otra vez. Sus pezones rosados asomando. Mi polla se despierta al instante.

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—¿Perdiste mi número, profesor? Ni hola. Directa al grano. Sus ojos azules me clavan. Me acerco su boca al cuello. Susurro caliente: “¿Y si vamos a los baños de hombres? Yo voy primero.” Se levanta despacio. Su culo grande, redondo, se contonea. Lo sigo con la mirada. El corazón me late en las sienes. Sudor frío. ¿Y si alguien nos ve? ¿Mi mujer? ¿Mi puesto? Pero mis pies avanzan solos. No hay vuelta atrás.

La aproximación: tensión y deseo incontrolable

La puerta de los baños se cierra tras ella. Mi presión arterial sube. Palpitaciones. Aire cargado de hormonas. Me branlé anoche pensando en ella. En PornHub, “estudiantes gorditas solas”. Una sustituta con ojos azules, coño rosado y estrecho, metiéndose los dedos hasta el culo. ¿Serás así, Anya? Mi verga tensa el pantalón como una bandera al viento. Su culo desaparece tras la puerta. La abro. Nadie. ¿Sueño?

—Ven, Robin —su voz desde la cabina cerrada. Pego la oreja. Se está tocando. Jadeos suaves. —Estoy empapada, en llamas. Muéstrame tu polla. Miro alrededor. La saco, dura, golpeo la puerta. Knock knock. Ella abre. Cierra rápido. Baja el pantalón de un tirón. —Mira lo que me haces. Se mete un dedo en el coño. Lo saca brillante. Me lo ofrece. Lo chupo. Salado, dulce. Su sabor.

—Siéntate, profe. Me arrodilla. Se quita las gafas. —Tu día de suerte. Manos detrás de la cabeza. Empieza por mis huevos. Los mama, succiona. Sudor por todos lados. Quiero pajearme. —No, déjame a mí. Baja al culo. Nadie me había lamido el ano antes. Lengua caliente, húmeda. Sensación rara, eléctrica. Me invade. Risa nerviosa. Yo, director de teatro, pantalones en los tobillos, en cabinas sucias. La vida es jodidamente perfecta.

El instante: explosión de sensaciones prohibidas

—¿Sientes mi dedo en tu culo, profe? Sí, joder. Delicioso. Abre la boca. Traga mis quince centímetros hasta las bolas. Garganta profunda. Imposible. Me dobla el dedo dentro mientras chupa. Cada tanto, moja los dedos en su coño y me los da a probar. Cinco minutos de paraíso. No aguanto.

—Anya, voy a correrme. —En las gafas, profe. Saca mi polla. Lame su dedo del culo. Tres chorros potentes. En sus gafas, entre tetas, en la pared. Piernas de algodón. Ella lame el semen de las gafas. Se masajea las tetas con él. Cremita natural. Me mira con ojos azules.

—¿Y ahora mi número? Sonrío. Se lo doy. Salimos. Aire fresco. Corazón aún acelerado. Ya no soy el mismo. Fidelidad rota. Inocencia profesional hecha trizas. Nuevo horizonte abierto. Adicto a lo prohibido. A ella.

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