Era un domingo de verano abrasador. El jardín trasero, oculto de miradas vecinales. Mi madre me guiñó el ojo al irse, dejando sola a su ‘colega’. Treinta años, rubia pin-up, curvas de revista. Me sudaban las palmas. El corazón me latía en los oídos. Quince años, virgen, rodeado de mujeres libres como mi madre y hermana. Sabía que esto era el paso. No había vuelta atrás.
Ella se quitó el vestido. Bikini primero. Luego, nada. Piel dorada, pechos redondos, culo firme. Mi polla se endureció al instante, traicionera. Nervios me atenazaban el estómago. ¿Y si la cago? ¿Y si duele? Ella sonrió, mutina. ‘Hace calor, ¿no?’. Se acercó, olor a crema solar y mujer. Mi primer beso, su boca gula me envolvió. Lengua invasora. Chupé torpe, pero ella gemía. Mi semen brotó rápido, vergonzoso. Ella rio suave. ‘Buen chico’. Me desnudó, me lamió el cuello, el pecho, la verga flácida. Revivió dura, palpitante.
La aproximación: nervios y deseo incontrolable
Se montó a horcajadas. Culo ondulante, manos en mis pechos inexistentes. ‘Tócame’. Amasé tetas pesadas, pezones duros. Entró en mí, caliente, resbaladiza. Dolor fugaz, luego éxtasis. Nervios se fundieron en embestida. Yo empujaba ciego, instinto puro. Ella jadeaba: ‘¡Así, cabrón precoz!’. Cambiamos. A cuatro patas, perra. Le azoté el culo, como me enseñó. ‘¡Más!’. La mesa del jardín crujió bajo nosotros. Piernas en hombros, la taladré salvaje. Gritos ahogados, sudor mezclado. Eyaculamos juntos, fuego interno.
Después, lengua en mi verga la limpió. ‘Buen alumno’. Se fue, promesa de más. Yo, exhausto en el transat, mundo cambiado. Inocencia rota como vidrio. Ese jardín, altar de mi despertar. Ahora entiendo: sexo no espera, devora. Mi madre lo sabía. Yo, renacido libertino. Latidos calmados, pero adentro, tormenta eterna. Fin de niño, inicio de hombre hambriento.