En la cámara ducal, el corazón me latía desbocado. Acababa de volver del consejo real, aún con el eco de las palabras del conde de Drangard en la cabeza. ‘Tu trasero es admirable, daría lo que fuera por ponerle las manos’. Aquello me había encendido por dentro, una mezcla de rabia y placer prohibido. Mi marido, Reoran, me esperaba impaciente. Sus ojos brillaban diferentes. No era el habitual tímido poeta. ‘Jaessa, te deseo ahora’, murmuró, acercándose. Sentí el pulso acelerarse. ¿Sería esta la noche? La primera vez que él tomara las riendas de verdad. Le tendí la mano, pero él ya deslizaba la suya por mi espalda. Nervios. El estómago se me contraía. ¿Y si lo rechazaba? No. El deseo me traicionaba. Sus labios rozaron los míos. Temblé. La habitación giraba. Sabía que no había marcha atrás. Sus dedos desabrocharon los botones de mi vestido blanco, el mismo que había vuelto locos a los consejeros. Caía lento, suave sobre mis hombros. Mi piel ardía. El aire fresco me erizaba. Él jadeaba cerca. Mi pecho subía y bajaba rápido. Lo miré. Sus pupilas dilatadas. Yo guié su mano a mi seno derecho. ‘Tócalo’, susurré. El primer contacto. Eléctrico.

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Sus dedos temblorosos apretaron. Dios, qué maladroite, pero excitante. Se arrodilló. Boca en mi otro pecho. Chupó fuerte, torpe. Lengua áspera girando el pezón. Gemí bajo. Nunca antes conmigo así. Mis pechos menudos, siempre ignorados por amantes pasados. Ahora, él los devoraba. Una mano amasaba el otro, dedos hundidos. Sentí el calor bajar al vientre. Corazón martilleando el pecho. Lo abracé, aplasté su cara contra mí. Olía a sudor noble, a deseo virgen. Duró minutos eternos. Luego, se levantó. Manos en mis caderas. ‘Quítame la ropa’, pidió. Lo hice rápido, dedos nerviosos en su camisa. Su polla ya dura bajo el calzón. La mía palpitaba, húmeda. Nos desnudamos del todo. Piel contra piel. Él me llevó al lecho. Me tumbé, piernas abiertas por instinto. Entró despacio. Gemí, más por el roce nuevo que por placer. Empezó a bombear. Lento, regular. Demasiado manso. Quería gritar: ‘¡Más fuerte! ¡Agárrame el culo!’. Pero no. Sus manos en las sábanas. Respiraba hondo. ‘Te amo’, susurraba. Yo cerraba ojos, imaginando al conde. La fricción crecía, pero tibia. Dos minutos. Él se corrió dentro, gruñendo bajo. Se derrumbó a mi lado.

La Aproximación

Quedé mirando el techo, el cuerpo aún tenso. No había venido. El vacío me invadió. Besos en mi cuello, palabras dulces. Pero yo pensaba en el conde. Sus manos soñadas en mis nalgas firmes. Esa fue mi primera vez real. No la virginidad perdida hace años, sino esta: descubrir que el matrimonio no bastaba. Mi inocencia conyugal se rompió ahí. El deseo salvaje despertó. Nervios convertidos en hambre. Ahora sabía: necesitaba más. El conde había plantado la semilla. Mi cuerpo, traidor, anhelaba lo crudo, lo prohibido. Aquella noche, pasé a adulta. El duque dormía plácido. Yo, con el pulso aún acelerado, planeaba horizontes nuevos.

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