En la casa de Renée y René, la mesa rebosaba de la cena de Nochebuena. El aire olía a especias y a algo más, algo prohibido. Éramos seis: Renée y René, el otro matrimonio, mi pareja y yo. Primera vez para mí en esta tradición provenzal. Mi corazón latía fuerte. René, con su sonrisa pícara, empezó a farcir la ‘dinde’. La untó de aceite, la metió el relleno grueso. Todos mirábamos. Se calentaba en el horno. Salió jugosa, humeante. La cortamos. Mordí. Carne tierna, caliente, resbaladiza. El jugo me corría por la barbilla. Nervios en el estómago. Sudor en las palmas. Sabía que venían los trece postres. La pompe primero. Grande, grasienta, dulce. René la partió. Miré a Renée. Sus ojos brillaban. Mi pareja me apretó la mano. ‘Es tradición’, susurró. Pero yo temblaba. ¿Y si no podía? ¿Y si el deseo me traicionaba? Figues, dátiles, albaricoques esperaban. Nougat duro. Melones. Todos para probar. Minuit se acercaba. El reloj tic-tac. No había marcha atrás. El calor subía. Mis pezones se endurecían bajo la blusa. La risa nerviosa de todos. René me miró. ‘Prueba la pompe, chiquilla’. Tragué saliva. El pulso en las sienes. Deseo y miedo revueltos. La inocencia se resquebrajaba ya.

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Tomé la pompe. Caliente, pegajosa. La acerqué a los labios. Nervios me temblaban las manos. La chupé. Dulce, grasoso. Lengua dentro. René gemía bajito. Todos miraban. Mi primer contacto. Figues negras, abiertas. Las partí. Jugo dulce. René me ofreció una. La lamí. Su piel arrugada, suave adentro. Dátiles rellenos. Duros por fuera, tiernos dentro. Chupé el extremo. Albaricoques secos, hinchados. Los mordí. Explosión de sabor. Nougat duro. Lo lamí hasta ablandarlo. Melones verdes, prietos. René cortó uno. Carne blanca, jugosa. Todos nos turnábamos. Manos rozaban cuerpos. Mi pareja me besó el cuello. El otro hombre tocó a Renée. Tensión eléctrica. Minuit sonó. René colocó su ‘Jesús’ en la crèche de Renée. Grueso, erecto, entró despacio. Ella jadeó. Los otros hombres sacaron sus ‘bûches’. Cremeux, palpitantes. Mi pareja me miró. ‘Tu turno’. Me arrodillé ante la chimenea. La bûche de él, caliente. La tomé en la boca. Salada, venosa. Chupé torpe, excitada. El otro hombre se acercó. Su bûche en mi mano. Frotes malabares. Entró en mí. Dolor agudo, luego placer. Empujones. Gritos ahogados. Semilla caliente en la chimenea. Todos sudados, jadeantes. Mi cuerpo convulsionaba. Primera vez real, cruda.

La aproximación: el pulso acelerado

Después, el silencio roto por risas suaves. Cuerpos entrelazados en el suelo. Mi inocencia, hecha trizas. Miré a René. Sonrió. ‘Bienvenida a los adultos’. Mi pareja me abrazó. Calor residual en la piel. Pegajosa, satisfecha. El corazón aún acelerado, pero sereno. Algo había cambiado. Ya no era la niña nerviosa. Horizontes abiertos. El sabor de la pompe en la boca. La humedad entre las piernas. Marca indeleble. Navidad, nuestra fiesta de grandes niños. Pero yo, ahora mujer. La tradición me había marcado. Nervios convertidos en anhelo. Volvería cada año. Aquella primera vez, visceral, inolvidable.

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