En mi apartamento, el corazón me latía con fuerza. Hacía días que esperaba su llamada. Barnabé. Ese mulato joven, musculoso, con sonrisa pícara. Mis hijas lo habían traído a la fiesta, pero yo sabía que algo bullía. Me vestí con una mini-robe sin mangas, escote hasta la cintura por detrás. Ras del cuello delante, pero fácil de soltar. Sin sujetador. Mis pechos aún firmes, pezones duros de anticipación. Me miré al espejo. Sesenta años. ¿Vieja? No esa noche.
Sonó el timbre. Abrí. Ahí estaba, con esa mirada que me desnudaba. ‘Vamos a tomar algo’, dijo. Sonreí, temblando por dentro. Me giré por el bolso. Error. Sus brazos me rodearon por detrás. Manos en mi escote, apretando mis tetas. Besos en el cuello. Olía a macho. Mi cuerpo se derritió. El coño se mojó al instante. Metí la mano atrás, busqué su paquete. Duro. Enorme. palpitante. No había marcha atrás. El deseo me quemaba.
La Aproximación: Tensión y Entrega Inevitable
Desató el lazo. La robe cayó a mis tobillos. Solo un tanga. Me arrodillé. Manos temblorosas en su bragueta. La bajé. El slip. Y ahí: su polla. Gruesa, venosa, tiesa como hierro. Grité bajito. ‘¡Dios!’. La boca se me hizo agua. La cogí. Pesada. El glande morado, hinchado. La chupé. Primera vez en meses que mamaba una verga de verdad. No como esos viejos flojos. Esta era joven, viva. Me la metí hasta la garganta, ahogándome de placer. Sus huevos en mi mano, llenos, calientes. Lamí, succioné. Él gemía. Yo ardía.
Me levantó. Corrí por lubricante. Me unté el coño y el culo. Condón. Justo para su calibre. Tropezamos al dormitorio. Me tumbó. Me abrió las piernas. Yo me agarré los tobillos. Lengua en mi clítoris. Lamidas largas, expertas. Gemí fuerte. ‘¡Sí, chúpame!’. Bajó al ano. Nadie me había lamido el culo así en décadas. Me corrí temblando, arqueada.
El Instante: Explosión de Placer Brutal
Se puso encima. Ojos en ojos. Empujó. Dolor al principio. Mi coño olvidado, estrecho. Pero pronto, placer puro. Me follaba fuerte. Yo me movía como loca: pies enredados, muslos apretando, uñas en su espalda. ‘¡Más! ¡Fóllame duro!’. Cambiamos: misionero, perrito. Me entró por el culo sin pedir. ‘¡Sí, en el ano!’. Me retorcía. Él jadeaba. Quitó el condón. Eyaculó dentro, luego en mi espalda. Caí exhausta, babeando, piernas abiertas.
Después, lo besé con furia. ‘Nunca me habías follado tan bien’. No dije ‘amado’. Estaba cruda aún. Mi polla-adicción nació ahí. Sesenta años, pero renacida. La inocencia de la resignación se rompió. Ahora era puta otra vez, viva, mujer. Sus hijas lo pagaban, pero yo lo necesitaba. Semanas después, siguió gratis. Mi secreto. Mi fuego eterno.