En la cama grande del cura Ildéfonse, esa primera noche de verano en Gnancucu, el corazón me latía como un tambor africano. Louise y yo nos mirábamos, desnudas bajo las sábanas ásperas. Yo, Jasmine, sobrina del obispo Vit, había soñado con esto: una mujer por primera vez. El aire olía a jazmín y a pecado. Ildéfonse nos observaba, su verga ya dura como un cirio pascual, pero él esperaba. ‘Tranquila, pequeña’, murmuró Louise, su mano rozando mi muslo. Temblaba. El miedo me apretaba el estómago: ¿y si no me gustaba? ¿Y si dolía? Pero el deseo ardía más fuerte. Sus pechos, maduros como frutas bretonas, se acercaban. Mi virginidad lésbica pendía de un hilo.
El roce fue eléctrico. Sus labios en mi cuello, su aliento caliente. ‘Déjate llevar’, susurró. Mi clítoris palpitaba, desconocido. Bajó, besando mi vientre. Yo jadeaba, las manos enredadas en su pelo. Ildéfonse se acercó, su polla rozando mi pierna. ‘Primero, las chicas’, dijo riendo. Louise separó mis labios con dedos expertos. Lamida suave al principio, luego voraz. Grité. Era como un rayo: bava, calor, su lengua en mi concha fresca. ‘Sabe a Bretaña’, gruñó ella, chupando mi jugo. Mi cuerpo se arqueaba, caderas empujando contra su boca. Nervios convertidos en fuego. Por primera vez, una mujer me devoraba. Olía a sexo puro, a mar y a mí.
La aproximación temblorosa
No pude más. ‘Ahora yo’, balbuceé. La volteé, torpe, excitada. Su coño, hinchado por el embarazo del obispo, brillaba. Lo olí: almizcle, deseo. Lamí vacilante. Salado, vivo. Ella gemía, guiándome. ‘Más adentro, niña’. Mi lengua exploraba pliegues vírgenes para mí. Corazón desbocado, sudor pegándonos. Ildéfonse no aguantó: metió su goupillon en Louise mientras yo lamía. ‘¡Dios!’, grité al sentir su mano en mi culo. Maladroite, mordí su clítoris. Ella explotó, chorro en mi cara. Primera vez probando squirt femenino. Tragué, adicta.
El instante de ruptura y éxtasis
Entonces, él. Me puso a cuatro, su verga enorme contra mi entrada. ‘¿Lista para la pesca de mejillones?’, rió. Empujó. Dolor placentero, lleno total. Canadiense infatigable, me taladraba mientras Louise besaba mi boca, saboreando su propio gusto en mí. Ritmo brutal: embestidas profundas, bolas golpeando. Sudor, gemidos, cama crujiendo. Mi primera vez a tres: nervios disueltos en orgasmo. Él gruñía, ‘¡Toma, sobrina del obispo!’. Eyaculó dentro, seguro con mi píldora. Louise lamía el exceso, uniéndonos.
Después, el silencio roto por respiraciones. Yacía entre ellos, cuerpo dolorido, alma cambiada. Inocencia rota: ya no era la universitaria ingenua. Sentía madurez en cada músculo laxo. Louise acariciaba mi vientre, ‘Bienvenida al club’. Ildéfonse fumaba un cigarro eclesiástico, ‘Dios bendice esto’. Lágrimas de alegría. Esa noche abrió horizontes: placer sin límites, tabúes hechos trizas. Miraba el techo, sabiendo que volvería por más. La huella: un vacío dulce, ansia eterna de repetición. Adulta, para siempre.