Era el verano de 2004 en el Cap3000 de Saint-Laurent-du-Var. Mi mujer, con su vestido floreado de René Dhery, corto y con botones, entró sola en la tienda de zapatos. Yo esperaba fuera, corazón latiendo fuerte. Le había propuesto el juego: ella cliente, yo voyeur desconocido. Recordaba la promesa de revancha tras mi compra con la dependienta tetas libres. Nervios me invadían. ¿Aceptaría? La vi quitarse un botón más arriba. Joder, sí. Sus piernas cruzadas altas al sentarse, falda subiendo, muslos expuestos. El joven vendedor de verano se acercó, arrodillado. Ella descruzó piernas despacio, no las cerró del todo. Su mirada se hundió entre sus muslos. Yo entraba, fingiendo interés en unas zapatillas. Lateo en el pecho, polla endureciéndose. Ella me miró, sonrió pícara, quitó otro botón abajo. Calor subía. El chico sacó las cajas, rodillas en el suelo. Ella se inclinó, escote abierto: sujetador blanco de encaje. Breve, pero suficiente. Tetas generosas asomando. Él devoraba con los ojos. Yo también, celoso y excitado.
Extendió la pierna para admirar el zapato, la otra quieta. Entrejambe al aire: shorty blanco de encaje, vello negro traslúcido. Él no se movía, atrapado. Ella abrió más al cambiar pie, vista perfecta para él. Tomó su pie, cerró la hebilla, rozando tobillo. Intentaba separar más sus piernas, lo noté. Quería estar ahí, oler su excitación. Ella se levantó, caminó, volvió. Se agachó ante él: ‘Ajusto las hebillas’. Escote brutal, tetas casi al aire, areolas oscuras tras encaje. Quince segundos eternos. Tetas que conocía de memoria, duras. Él rígido, yo igual, sudando bajo el sudadero. Se sentó para quitárselos, tardando adrede. Girada, bajó el sujetador sutilmente. Tetones fuera hasta pezones erectos. Me miró, sonrisa cómplice. Para mí, pero él también veía. ‘Oh, la puta’, pensé. Me volvía loco verla exhibirse ante un extraño. Pagó, salió. La besé fuera: ‘Has superado todo’. Tocó mi polla dura: ‘Al coche’. En el parking, abrió mi puerta, me montó a horcajo. Sacó mi verga tiesa, apartó shorty, se empaló. Húmeda, caliente. Vaivenes lentos, besos fieros. Sus tetas libres bajo el vestido –lo había quitado en el maletero–. Las acaricié, pezones duros. Ella se tocaba el clítoris. Orgasmos sincronizados, explosión. Grité en su boca.
La aproximación: nervios y deseo en el magasin
Quedamos jadeantes, sudor pegando ropa. ¿Alguien nos vio? Posible. Luego, propuse volver: tetas desnudas bajo vestido, que él mirara. Se enfadó: ‘¡No soy puta!’. Malentendí, la ofendí. Silencio hasta el día siguiente. Meses después, confesó: le gustó exhibir, pero no dar falsas esperanzas. Ahora, solo para mí: escotes sin sujetador, miradas ajenas nos excitan. Fin de inocencia compartida, nuevo horizonte privado. Late aún en mí esa primera vez cruda.