En el balcón del último piso, con París extendiéndose ante mí, el corazón me latía fuerte. Había llegado temprano, el TGV puntual. Sylvie, jadeante de su footing, cuissard ajustado y brassière sudada, me sonrió. Sus ojos azul-verde me atraparon. Subimos en el ascensor, su aroma a sudor fresco invadiéndome. Me mostró el apartamento luminoso, luego se fue a duchar. Oí el agua correr. Imaginé su cuerpo desnudo, agua resbalando por sus curvas. Me instalé, pero no podía concentrarme. Salió en peignoir, se detuvo en mi puerta. ‘La baño está libre’. Entré, sus ropa de sport en el suelo. Me desnudé, servilleta en la cintura al salir. La crucé en el pasillo, jean y camisa elegante. Su mirada bajó por mi torso. Corazón acelerado.

Marc llegó, cené fuera. Volví, insomnio. Oí la ducha otra vez. Bruits de la habitación vecina. Salí al balcón. El cortina mal cerrada. Sylvie en nuisette, rodillas al lado de la cama, boca devorando el sexo de Marc. Allers-retours profundos, mano acariciando. Se giró, sentándose en su cara, él lamiéndola mientras ella chupaba. Luego a cuatro patas, él penetrándola salvaje. Gemidos ahogados, ella mordiendo la sábana. Eyaculó. Volví a mi cama, polla dura, noche larga.

El acercamiento: nervios y deseo en el apartamento

Al día siguiente, la pillé desnuda post-ducha, puerta abierta. Toqué para avisar. Hablamos en el salón. Masajes. ‘¡Adoro eso!’, gritó. Le ofrecí uno. Dudó. Insistí, inocente. Se preparó: boca abajo en su cama, bikini rosa, toalla en el culo. Aceite listo. ‘Marc no me los hace’. Empecé por cuello, hombros. ‘Relájate’. Desabroché su top. Silencio, permiso tácito. Manos en espalda, flancos. Bajé a nalgas, piernas. Quitó el top. ‘Vuélvete’. Rostro, pechos. Suspiros. Vientre, muslos. Dedos rozando su sexo húmedo. Se abandonó, piernas abriéndose. Hora de roce prohibido, piel ardiendo.

El instante y la huella: placer prohibido que no olvido

Paré, ducha rápida. Marc llegó. Noche: la pillé otra vez, felación ruidosa, ella cabalgándolo, luego a perrito, gritos de orgasmo. Me escondí, masturbándome en silencio.

Último café. ‘¿Dormiste bien? No te oí llegar’. Sonreí. Enrojeció. Complicidad. Al partir: ‘Vuelve, me haría ilusión’. Corazón latiendo aún. Esa primera vez tocando lo íntimo de una desconocida, viendo lo crudo del sexo ajeno, rompió mi cortesía. Ya no era el viajero educado. Desperté a un hambre visceral. París me marcó para siempre.

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