En la habitación de Yves, luz tenue de tarde filtrándose por las cortinas. Me tiemblan las manos al tomarlo de la muñeca. Lo arrastro hasta la cama. Mi corazón late como un tambor en el pecho, fuerte, desbocado. ‘Hoy lo pierdo’, digo riendo, pero la voz me sale ronca, ahogada en vergüenza. Me sonrojo hasta las orejas. Él duda, calcula algo sobre ciclos y embarazos, pero yo no retrocedo. Despacio, le quito la ropa. Piel contra piel, su calor me quema. Me froto contra él, busco su dureza con el vientre. Besos torpes, lenguas que chocan. Mi cuerpo grita deseo, pero el miedo aprieta el estómago.
A cuatro patas sobre él, rozo sus labios con mis pechos. Siento mis pezones endurecerse, rozando su piel áspera. Él me agarra las nalgas, me acerca a su boca. Gimo bajito cuando su lengua lame mi sexo. Húmedo, caliente, explora mis pliegues. Yo controlo, me muevo despacio, froto mi clítoris en su nariz. Mouille ahora, jugos que resbalan. Pero paro. No quiero correrme aún. Quiero su verga dentro.
La aproximación: miedo y deseo entrelazados
Me estiro sobre él, beso su boca con sabor a mí. Abro las piernas, coloco su polla en mi entrada. Empujo suave. Duele como un pinchazo de avispa. Grito, lágrimas en los ojos. Lo intento dos veces más, voluntariosa, terca. Dolor agudo, pero no cejo. ‘Hazlo tú’, susurro al oído. Él me besa el cuello, dedos en mi coño, humedeciéndome. Baja, lame todo: labios mayores, menores, hasta el ano. Me retuerzo, placer eléctrico sube por la espina.
En misionero, sus caderas sobre las mías. Siento la punta presionando. Pequeños movimientos, coulissant. Levanto las piernas, tiro de sus nalgas. De repente, entra. Desliz suave, sin rotura brutal. ‘¡Ah!’, exclamo, más sorpresa que dolor. Me llena entera, caliente, pulsante. ‘No te muevas’, pido. Sus ojos ríen, dulces. Fusionados, late dentro. Mi inocencia rota, el velo del convento hecho trizas.
La huella: el vacío roto, la mujer nacida
Luego, mueve. Va-et-vient lento, profundo. Yo acompaño, acelero. Placer nuevo, viscoso, sube desde el útero. Sus embestidas atentas, sin brutalidad. Observo su cara, concentrado en mí. El orgasmo lo sorprende, gime, se derrama dentro. Yo no he llegado, pero sonrío. Lo quiero flácido aún en mí, sintiendo el vacío llenarse. Sangre en mi muslo, prueba de mi paso.
Al día siguiente, café humea. Me lanzo sobre su cuerpo desnudo. ‘¿Repetimos?’, bromeo. Pero dentro, algo ha cambiado. Ya no soy hermana Madeleine. Soy Suzanne, mujer de carne, deseos voraces. El mundo secular me espera: piscinas, multitudes, pizzas calientes. Yves me enseña, paciente. Mi cuerpo despierta, hambriento. El convento fue cárcel; esta cama, libertad. Nervios rotos, corazón acelerado para siempre. He cruzado el umbral. No hay vuelta atrás. Solo vida, cruda, palpitante.