Era domingo. Armand había salido a cazar al amanecer. Yo lo esperaba en casa, el corazón latiéndome como un tambor desbocado. Toda la semana había sido un infierno dulce. Sus palabras resonaban: ‘Quiero verte con Louis. Quiero veros follar’. Me había negado al principio, lloré, protesté. Pero en la cama, mientras me penetraba, lo repitió. Y mi cuerpo traicionero se excitó. Ahora no había marcha atrás. Sabía que volverían. Y que pasaría.
El motor del coche. Puertas. Voces en la entrada. Mi pulso se aceleró. Entraron al salón, delante de la chimenea. Armand y Louis. Louis, alto, fuerte, con esos ojos que siempre me devoraban. Evitaba mirarme. Yo también temblaba, sentada en el sofá, las piernas apretadas. El aire olía a tierra húmeda, a caza, a hombre. Armand abrió una botella de vino blanco. ‘Siéntate al lado de Louis, cariño’. Su voz era suave, como una orden envuelta en miel. Me levanté. Las rodillas flojas. Me acerqué. El calor de su cuerpo me golpeó antes de tocarlo.
La aproximación: Temblor en el salón
Me senté. Cerca. Demasiado cerca. Mi muslo rozó el suyo. Un chispazo. Él se inclinó. ‘Thérèse… eres tan bella’, susurró. Su aliento en mi oreja. Me giré. Nuestros labios se encontraron. No suave. Salvaje. Su lengua invadió mi boca, hambrienta. Gemí. Manos torpes. La mía en su nuca, atrayéndolo. La suya en mi pecho, apretando mi teta a través de la blusa. Se la arranqué. Botones volando. Armand en su sillón, mirándonos. Sus ojos ardiendo. ‘Bésala, Louis. Acércate más’. Yo ardía. Miedo y deseo revueltos en el estómago.
Louis me desnudó con prisas. Blusa fuera. Sujetador arrancado. Mis pechos libres, duros, pezones erguidos. Él los chupó. Mordió. Dolor placer. Bajó la cremallera de mis pantalones. Dedos gruesos en mi coño. Ya empapada. ‘Estás chorreando’, gruñó. Yo jadeaba. Miré a Armand. Él se tocaba por encima del pantalón, extasiado. No parpadeaba. Louis me tumbó en el sofá. Pantalones abajo. Mi coño expuesto, palpitante. Él se desabrochó. Su polla saltó. Gorda, venosa. Más grande que la de Armand. Tragué saliva. Nervios en la garganta. ‘Fóllame’, supliqué. Primera vez diciendo eso a otro.
El instante y la huella: Placer eterno
Entró de un empujón. Me partió. Dolor agudo, luego olas. Me llenaba. Golpes profundos. Mis caderas subían solas. Gritaba. ‘¡Sí! ¡Más!’. Sudor. Carne chocando. Sus manos en mis nalgas, clavándose. Yo clavaba uñas en su espalda. Armand gemía desde su sitio. ‘¡Joderla fuerte!’. El clímax llegó como un rayo. Me corrí temblando, chorros calientes. Louis rugió, llenándome de leche. Caliente, espesa. Colapsé. Pantelante.
Después, paz. Louis me besaba el cuello, murmuraba amores. Yo lo abracé, agradecida. Miré a Armand. Sonreí. ‘Ven’. Se unió. Tres cuerpos enredados. Subimos a la cama. Follando toda la tarde, la noche. Mi inocencia rota. Ya no era solo de Armand. Era libre. Puta consentida. Cada recuerdo me moja aún. Aquella primera vez me abrió al mundo. Al placer sin límites. La huella: eterna excitación. Fin de la niña obediente. Nacimiento de la mujer voraz.