Salí del trabajo y paseé por el sexto arrondissement. Me encanta ese barrio, sus boutiques. Pasadas las siete, todo cierra. Solo animación en la Grande Épicerie. Decidí metro. Vi una vitrina iluminada. Lencería. Un sujetador precioso, segundo a la izquierda. Quise probármelo. Empujé la puerta.

La tienda vacía. Ni clientas ni dependienta. Voz grave del fondo. Un hombre, unos cuarenta, el dueño contando caja.

La Aproximación

—Buenas, ¿qué desea?

—Nada. Pensé que estaba abierta. Vuelvo luego.

—Mientras la puerta esté abierta, pase. ¿Qué busca?

—El sujetador de la vitrina, segundo izquierda. Pero repaso.

—No, ahora. ¿Talla?

—85B o C.

Metió el brazo, miró etiqueta, abrió cajón. Lo sacó. Me señaló cabinas. Abrí cortina. Dudé. Sola con un hombre en lencería… En centro París, nada pasaría. Entré. Quité chaqueta. Pasé jersey por cabeza. Desabroché mi sujetador. Empecé nuevo. Abrió cortina. Corazón latió fuerte.

—¿Cómo va?

Me miró agrafarlo atrás.

—Gírese.

Observó. Ni talla ni modelo. ¿Para qué? Trabajo, deporte, salir.

—Salir.

—Este mejor. Fue cajón, sacó otro. Hermoso. ¡Pruébelo!

Sin esperar, desabrochó primero. Breteles cayeron. Pechos desnudos ante él. Rubor subí. Temblé. Calmado, profesional. Pasó breteles nuevo, agrafó. Mano en cada copa. Ajustó pechos. Piel erizada. Rubor más. No dije nada.

—¿Cómoda? ¿No es precioso? Mire espejo grande.

Me guió fuera cabina. En bragas, tienda abierta. Clienta podía entrar. Él mirando. Aprobé. Hermoso. Valoraba pechos.

El Instante

Otro paquete. Slip a juego.

—Pruebe con esto.

Obedecí. Troublée. Cabina. Bajé vaquero. Iba poner sobre culotte. Paró.

—Mal. No juzgaría.

Dejé slip. Manos caderas. Bajé culotte. Él delante, mirando. Vergüenza inmensa. Placer secreto. No médico clínico. Para verme bella. Piqué culotte pie. Enfilé slip. Verdad, bello.

—Bonito conjunto. Mire entero.

Espejo grande. Segundo atrás. Giré. Olvidé tienda, hombre. Me vi preciosa.

—¿String?

Rubor. Nunca string. Tendió mínimo.

—Pruebe.

No fui cabina. Medio tienda. Quité slip. Enfile string. Dudé atrás. Ayudó. Revés manos nalgas. Dedos bajo cinta, colocó. Giró caderas. Ajustó delante. Acarició pelos pubis sobresaliendo.

—Hay que afeitar…

Rubor. Fui espejo sola. Giré. Pechos grandes. Nalgas valoradas. Pelos… Sí, afeitar. Pensaba hace tiempo.

—¿Precio?

Chiffre bajo. Sonreí. Acepté. Empaquetó. Me vestí desnuda total tienda. Pagué. Salí feliz. Buena compra. Próxima salida, orgullosa.

Él llamó vecino zapatero. Cerró puerta, luces. Arrière-boutique. Monitor. Cámaras grabaron todo. Espejo sin teín, cámara detrás. Rieron viendo mi desnudez. Bello oficio.

Después supe. Corazón aún late recordando. Primera vez rota inocencia. Placer desconocido.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *