En la alcoba de su mansión en Lancashire. El corazón me late como un tambor de guerra. Dos años sin tocar a nadie así. Meg me destrozó. Pero Mary espera. Virgen. Enamorada. Sus ojos suplican. Me siento en el borde del lecho. Mi mano tiembla al posarla en su muslo. La piel bajo la falda cruje con los bas negros. Subo despacio. El aire se espesa. Siento su calor. Miedo y deseo chocan en mi pecho. ¿Y si fallo? ¿Y si soy solo un eco roto? Ella se echa atrás. Abre las piernas un poco. Respira rápido. Sus pechos suben y bajan. No hay marcha atrás. Lo sé. La beso el cuello. Huele a jazmín y nervios. Mi polla se endurece contra el pantalón. Palpitante. Insistente. Quiero esto. La quiero a ella. Pura. Mi mano llega a la carne desnuda. Dedos rozan el encaje de su braga. Pequeña. Blanca. Empapada ya. Ella gime bajito. ‘Cariño mis pechos, por favor’. Su voz tiembla. Politeness real incluso ahora. La miro al espejo. Su reflejo es pecaminoso. Falda subida. Portaligas tenso. Me excita la maladresse. Sus dedos torpes en mi cremallera. La libero. Dura como hierro. Ella la agarra. Puño fuerte. Arriba y abajo. Nerviosa. Inexperta. Perfecta. Mi dedo roza su clítoris. Deslizo uno dentro. Cálido. Húmedo. Miel virgen. No rompo el himen. Aún no. Se arquea. Gime. Ojos perdidos. El corazón me va a estallar. Sudor en la frente. Esto es real. Esto es nuevo. Para ella. Para mí también. Después de la traición. La tensión sube. No paramos. No podemos. Dedos en sus pezones duros. Los retuerzo suave. Ella jadea. Mi verga en su mano. Lista para explotar. Pero me contengo. Quiero más. La desnudo. Bragas por la ventana. Manos frenéticas en su sexo. Clítoris hinchado. Ella me masturba más rápido. Nuestros gemidos llenan la habitación. El espejo nos devuelve un espectáculo obsceno. Piernas abiertas. Mi polla reluciente. Siento el pulso en las sienes. El deseo me quema. Es el momento. Lo sé. No hay vuelta atrás.

Me coloco entre sus muslos. Vagina abierta. Invitadora. Empujo. Lento. El glande roza las labios. Entrar. Centímetro a centímetro. Ella frunce el ceño. Dolor mezclado con placer. Virgen rota. Grita bajito. ‘¡Sí!’. Me hundo hasta el fondo. Calor abrasador. Estrecha. Me aprieta. Empiezo a moverme. A rodilla en el lecho. Levanto sus piernas. Las pliego sobre mis hombros. Profundo. Muy profundo. Su coño chorrea. Resbaladizo. Follamos con ritmo. Ella tiembla. Orgasmo la sacude. Piernas rígidas. Luego flácidas. Grita mi nombre. ‘¡Fred!’. Sigo pistoneando. Placer sube por mi espina. Sus tetas rebotan. Manos en su clítoris. Pellizco fuerte. La hago volar otra vez. Mi semen bulle. No aguanto. Explotó dentro. Chorros calientes. La lleno. Colapso sobre ella. Embozados. Sudorosos. Corazones desbocados. Minutos así. Silencio roto por su susurro. ‘Fue extraordinario’. Duerme en mis brazos. Yo no. Siento la marca. Esta vez borra a Meg un poco. Soy hombre nuevo. Pero la inocencia se fue. La suya. La mía renacida en fuego.

La espera nerviosa en la alcoba real

Después, todo cambia. La amo. Nos casamos en Westminster. Corona en mi cabeza. Multitudes vitorean. Pero en esa alcoba empezó. La primera vez verdadera. Nervios que se volvieron éxtasis. Inocencia rota en placer visceral. Ya no soy el mismo. Mary me salvó. Su entrega cruda. Su virginidad ofrecida. El eco de esos latidos queda. Para siempre. Madurez en cada embestida recordada. Fin de la duda. Inicio de reinado compartido.

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