Era Nochebuena. Frente al viejo muñeco de nieve. Su gorro rojo de grège torcido por el viento. La carta a Papá Noel aún fresca en mi bolsillo. Pedía paz. Fin de guerras. Pan para los hambrientos. Una año más para dar amor. Pero esa noche, el deseo me traicionaba. Ella estaba allí. Mi vecina. La de ojos grandes y risa tímida. Dieciséis años los dos. Corazones latiendo fuerte bajo abrigos gruesos. La nieve crujía bajo mis botas. Me acerqué. Manos sudadas dentro de los guantes. ‘¿Frío?’, preguntó. Su aliento formaba nubes blancas. Asentí. Mentira. Quemaba por dentro. Nos miramos. El muñeco nos vigilaba mudo. Sabía que no había vuelta atrás. El deseo pesaba más que el miedo. La tomé de la mano. Temblaba. La llevé detrás del muñeco. Escondidos. El mundo navideño lejano. Luces parpadeantes en casas ajenas. Mi pulso retumbaba en los oídos. Ella se mordía el labio. ‘¿Qué hacemos?’, susurró. Nada. Solo sentir. Me quité el guante. Toqué su mejilla helada. Caliente bajo la piel. Nuestros labios chocaron. Torpes. Dientes primero. Luego lenguas. Inseguras. Nerviosas. Mi corazón galopaba. ¿Y si nos pillan? ¿Y si duele? Excitación pura. Manos bajando. Desabroché su abrigo. Sus pechos pequeños bajo la camiseta. Duros pezones. Los apreté. Ella jadeó. Mi polla ya dura. Presionando los pantalones. La nieve nos rodeaba. Fría. Contraste brutal con el fuego interno.
Sus dedos torpes en mi cremallera. Bajó el pantalón. El aire gélido golpeó mi piel. Mi polla erecta. Palpitante. Primera vez vista por otros ojos. Ella la miró. Asombrada. ‘Es… grande’, murmuró. Nervios. Maladresse. Intentó tocar. Dudó. Yo guié su mano. Su palma fría envolvió mi verga. Calor instantáneo. Subí y bajé. Lento. Ella aprendía. Yo gemía bajito. Besos húmedos. Mi mano en su pantalón. Bajé la tela. Su coño húmedo. Vello suave. Dedos explorando. Resbaladizo. Caliente. Ella se arqueó. ‘Ah…’, suspiró. Tensión subiendo. Cuerpos pegados. Ropa a medio quitar. Nieve en la piel. Frío quemando. Excitación al límite. La recosté contra el muñeco. Húmedo por derretirse. Sus piernas abiertas. Mi polla en su entrada. Temblando. Empujé. Lento. Fuerte resistencia. Ella gritó bajito. Dolor. Lágrimas en ojos. ‘Para…’, pero no. Deseo más fuerte. Entré centímetro a centímetro. Virgen. Apretada. Me envolvió. Explosión. Sensaciones nuevas. Calor viscoso. Ritmo torpe. Empujones irregulares. Sudor mezclado con nieve. Sus uñas en mi espalda. Gemidos ahogados. Aceleré. Corazón desbocado. Placer crudo. Brutal. Primera vez follándola. Descubriendo el roce interno. Sus paredes contrayéndose. Mi verga hinchada. Orgasmo acercándose. Ella primero. Convulsiones. Grito mudo. Yo seguí. Semen caliente. Dentro. Saliendo. Colapsamos. Jadeantes.
La Aproximación: Temblores en la Nochebuena
Después, silencio. Nieve cayendo suave. El muñeco nos cubría indiferente. Inocencia rota. Manos entrelazadas. No arrepentimiento. Solo plenitud. Sentí el paso. De niño a hombre. Amor dado. No solo palabras en carta. Cuerpo entregado. Ella sonrió. Beso suave. Nos vestimos. Frío calando huesos. Caminamos de vuelta. Luces de Navidad. Familiares riendo dentro. Secreto nuestro. Aquella noche, Papá Noel no trajo regalos. Pero el milagro fue ese. Despertar. Fin de guerras internas. Hambre saciada. Un año más prometido en sudor y semen. Nostalgia ahora. Nervios recordados. Temblores eternos. Aquel muñeco derretido al alba. Testigo mudo de mi primera vez.