El coche aparcado en una callejuela oscura del 16º arrondissement de París. El corazón me latía desbocado. M. Francis acababa de encender la luz del techo. ‘Quítate el abrigo’, ordenó. Mis manos temblaban. Sabía que no había vuelta atrás. El corset negro me apretaba el torso, dejando mis pechos al aire, duros como piedras. Las botas de tacón me alargaban las piernas hasta el infinito. Estaba expuesta, vulnerable. El aire fresco de la noche erizaba mi piel. Miraba por la ventanilla, aterrorizada. ¿Y si alguien pasaba? ¿Y si me reconocían? Pero mi coño chorreaba, traicionándome.
Minutos eternos de silencio. Luego, sombras. Se acercaban. Hombres anónimos, atraídos como moscas. Mi vientre se contraía. Pecho hinchado, pezones punzantes. Uno sacó su polla, mediana, tiesa. Se pajeaba mirándome. Otro, más cerca, con una verga más pequeña, igual de hambrienta. Francis bajó un poco las ventanillas. Sus jadeos entraban, sucios, reales. ‘Puta magnífica’, murmuraban. ‘Mírala, qué tetas’. Mi pulso tronaba en los oídos. No era como las fotos. Esto era carne viva, ojos devorándome.
La aproximación en la oscuridad
No podía parar. Mis dedos bajaron solos a mi sexo empapado. Frotaba el clítoris hinchado, gimiendo bajito. Francis reclinó mi asiento. Allá estaba, piernas abiertas, coño bermejo al aire. Más hombres. Pollas de todos tamaños, astas rojas, venosas. Me miraban como a una diosa sucia. Bajó más las ventres. Brazos entraron. Uno me amasó un pecho, pellizcando el pezón. Gemí fuerte. Otro subió por mis muslos, rozando mi humedad. Dedos gruesos invadieron mi cueva. Chup-chup húmedo. Los oía gemir, pajearse furiosos. Olía a sudor, a sexo crudo.
De repente, un gruñido. El primero eyaculó contra la ventanilla. Plac-plac. Chorros espesos, blancos, resbalando. Mi orgasmo explotó. Apreté esos dedos extraños, convulsionando. Otro brazo, otra mano en mi teta. Intentaron meterme la polla en la mano, pero eyaculó dentro, caliente sobre mis pechos. Lo unté, jadeando. Semen fresco, pegajoso. Más corridas en las lunas, en el capó. Francis disparaba fotos sin parar. Yo, perdida, frotándome sin pudor.
El instante brutal y la huella eterna
Se acabó. Francis arrancó. Parking oscuro del hotel. Bajé, piernas flojas. Él sacó su verga dura. Me arrodillé como puta barata, chupando voraz. Garganta llena, saliva goteando. Me levantó, me empotró contra el capó. Piernas rectas, culo en pompa. ‘Destrózame el culo’, supliqué. Entró de golpe, brutal. Bolas peludas contra mi coño. Me follaba como animal, tirando de mi pelo. Gemía como perra. Pechos aplastados en el metal, pezones raspando. Se corrió dentro, inundándome. Yo exploté, temblando.
Subimos al hotel. La recepcionista nos vio: semen resbalando por mis muslos, pelo revuelto. Vergüenza ardiente, pero satisfacción profunda. Ducha larga, repasando todo. Aquella noche, mi inocencia murió. Ya no era la madre ejemplar. Era una exhibicionista, adicta al morbo. París me abrió al abismo. Cada miércoles, cada viaje, ansiaba más. Aquella primera vez pública me transformó para siempre.