Aún tiemblo al recordarlo. Aquella sala de gimnasia, con sus espejos inmensos y tapices mullidos. Entré vestida, la única. Ellas, desnudas, me rodeaban. Christiane, la rusa exuberante, me abrazó primero. Sus tetas pesadas aplastadas contra mí, labios húmedos en mis mejillas. Smack. Smack. Olía a sexo reciente, a Michèle. Mi corazón galopaba. ‘Bienvenida, cariño’, dijo, empujándome hacia las otras.
Michèle y Liliane me besaron con fuerza, cuatro chupetones sonoros. Alexandra, tímida, solo una mano en el hombro. Christine me apretó la cintura, su coño mojado goteando agua del bidé sobre mi falda. ‘¡Perdón, pero es solo agua!’, rió. Me reí nerviosa, pero el calor subía por mi vientre. Annette anunció: ‘Quítate la ropa, Kristel. Únete al círculo’.
La Aproximación: Miedo y Deseo Entre Cuerpos Desnudos
Me desvestí rápido. Zapatos, blusa, falda. Solo shorty y sujetador de encaje blanco. Me miraban. Mis pechos medianos, pezones duros ya. Me senté en tailleur frente a Christiane. Sus rodillas tocaban el suelo, coño abierto como una flor rosada, clítoris hinchado. Respiraba hondo. Nervios en el estómago. ¿Podía irme? No. El deseo me clavaba allí.
Empezamos. Piernas abiertas, espalda recta. Empujaba las rodillas, pero no bajaban. Miraba fijo su concha rusa, labios carnosos, húmedos. Ella me devoraba el shorty con los ojos. Mi pulso acelerado. Sudor fino en la piel. Annette susurró: ‘Relájate’. Pero no podía. Sus vulvas everywhere: la oscura de Christine, la mía escondida aún.
De pie, brazos extendidos, dedos rozando. Posturas en el suelo. Abdomenes, piernas al pecho. Coños expuestos subiendo y bajando. Tres delante: rusa, rubia, morena. Se abrían, se cerraban. Liliane elevaba el culo alto, invitando. Mi clítoris palpitaba contra la tela. Rubor en las mejillas. Alexandra tomó el mando. ‘¡Arriba, suelta!’.
Sujetador apretaba. ‘Te lo quito’, dijo Annette. Sus dedos rozaron mi espalda. Pezones libres, puntiagudos. Risas cuando batimos brazos, tetas rebotando. El mío, ridículo y libre. ‘¡Mejor sin nada!’, exclamé, lanzándolo. Se fijaron en mis pezoncitos rosados. ‘¡Qué monos!’, dijo Christiane. Envidia en sus ojos pesados.
El Instante y la Huella: Explosión y Liberación Eterna
Batíamos más. Piernas abiertas, rotaciones. Tetas centrifugadas, picor placentero. Luego rodillas altas. Saltos. Dolor en sus pechos grandes. Michèle se rindió primero, manos en tetas. Yo jadeaba, no por dolor. El shorty se hundía, serrando mi raja. Clítoris frotado sin piedad. Corazón en la garganta. Sudor chorreando.
No pude más. Olas subieron. Cuerpo convulso. Gimiendo. El mundo explotó. Orgasmo salvaje, sin tocar. Shorty empapado, cameltoe perfecto, labios hinchados asomando. Paupières cerradas, busto rojo. Ellas sonrieron. Christine: ‘Quítate el resto, estás empapada’.
Lágrimas brotaron. Vergüenza ardiente. ‘¡Perdón! ¡No sé qué me pasó!’, sollocé en brazos de Brigitte. Annette besó mi cuello salado. ‘Es normal, cariño. Jajaja, ese shorty te folló el clítoris’. Manos suaves bajaron la prenda. Tela pegada, olor a miel. Nuda total. Coño lampiño expuesto, aún palpitante.
Alexandra: ‘¡Al sitio!’. Volví al círculo. Viento fresco en mi humedad. Miradas tiernas, no juiciosas. Mi inocencia rota. Ya no era la textil perdida. Era una de ellas. Latidos calmados, pero fuego nuevo en el vientre. Aquel día abrí horizontes. Nunca más vergüenza, solo deseo libre. La primera vez duele delicioso.