Llegamos al apartamento de Jenny tambaleándonos, riendo como tontas. El champán de la cena de equipo me había dejado pompettea, el mundo giraba un poco. Jenny, mi colega, me sujetaba por la cintura, sus manos rozando mi culo firme. ‘¡Qué nalgas tan perfectas!’, pinchó, y yo reí, nerviosa, el corazón latiéndome fuerte. Normalmente reservada, esa noche todo fluía.

Entramos al salón, cayendo en el sofá. Ella me halagaba, manos demorándose en mi trasero, en mi cintura delgada. ‘No tengo nada que envidiarte’, bromeé, y admití haberlas oído follar al mediodía. ‘¡Eres una voyeuse!’, soltó Jenny riendo. Se levantó, se bajó la falda y el tanga, girando. ‘¡Mira mi culo! Tócalo, es firme. Ahora tú.’

La aproximación: risas ebrias y el punto sin retorno

El pulso se me aceleró. Me quité el vestido, quedé en sujetador y tanga, tetas al aire, cambrando la espalda para lucir mi culito. Reíamos, pero el aire se cargaba. ‘Quítate el tanga, quiero ver tu culo entero’, insistió. Cedí, el corazón martilleando, sabiendo que no había marcha atrás. El juego viraba a algo sucio, prohibido. Desnuda, expuesta, el deseo me picaba entre las piernas.

‘Seguro es tu coñito lo que le gusta a Manu’, dijo. ‘Muéstramelo.’ Sentada en el sofá, piernas en V, abrí mi chatita depilada. Jenny se arrodilló, fingiendo juego, dedos a cada lado de mis labios, abriéndome. ‘Bonita’, murmuró, humedeciendo un dedo en su boca y metiéndolo. Me encogí, un jadeo escapó. Calor subió por mi vientre.

No paró. Se inclinó, lengua lamiendo mis labios mayores, hundiéndose en mi cueva húmeda, subiendo al clítoris. Risas muertas en la garganta, placer crudo me invadió. Manos en su cabeza, ‘¡Para!’, susurré sin ganas. Tres dedos dentro, masajeando un punto que mandaba ondas. Grité, cabeza revuelta, lágrimas de tensión. ‘¡Qué buena estás!’, gemía ella, lamiendo sin piedad.

El instante y la huella: explosión de sensaciones y adiós a la inocencia

‘¿Quieres una polla dura en la boca?’, preguntó. ‘¡Sí, gimiendo lista para correrse!’, balbuceé en trance. Oí pasos, una polla goteante rozó mis labios. ‘Ojos cerrados, ábrela.’ La chupé ciega, sabiendo que era Emmanuel. Bombeé fuerte, desesperada. El orgasmo me partió: músculos tensos, alarido gutural, ‘¡Me corro! ¡Jou!’. Caí exhausta, boca abierta.

Él aprovechó, masturbándose en mi boca. Jenny: ‘Chúpala, hazlo correrse, cariño.’ Volví a engullirla, mejillas hundidas, lengua enloqueciendo el glande. Él se tensó, chorros calientes en mi cara, mentón, tetas. Lo ordeñé suave, prolongando su placer. Maestra en eso, aunque era mi primera vez así.

Después, el sofá pegajoso, semen enfriándose en mi piel. Inocencia rota, un mundo nuevo abierto. Nervios convertidos en adicción, el corazón aún acelerado. Esa noche, crucé el umbral: de chica recatada a puta deseosa. El eco de gemidos me persigue, dulce vicio.

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