Entré en el apartamento de Madame Liz con las llaves temblando en mi mano. Tenía dieciocho años, pero me sentía un niño. El corazón me latía fuerte. Alimenté al gato, que huyó asustado. Luego, el regador pequeño en la cocina. Sus instrucciones: regar la planta del baño, cerca de la cesta de ropa.

Subí las escaleras con el estómago revuelto. Miedo y excitación. ¿Y si me pillan? Pero el deseo ardía. En el baño, sus cremas, perfumes, labios rojos. Olí uno, lo probé en mis labios. Dulce, prohibido. La planta desplazada, marca húmeda. Debajo, la cesta. Olor dulzón, corporal, íntimo. El sujetador negro colgaba impúdico.

La aproximación: Temblor ante lo prohibido

Quité la tapa. Me arrodillé. Cabeza dentro. Inhalé profundo. Axilas, sudor, sexo maduro. El pulso acelerado. Saliva en la boca. Saqué el sujetador. 110D. Bonetes profundos. Imaginé sus tetas pesadas, caídas, pezones duros. Olí los bonetes. Quería mamarlas, ser su bebé otra vez. El corazón tronaba.

Más abajo, toallas, bragas. Dos: negra de encaje, blanca de algodón. Talla 48, para su culo enorme. Dudé. Mala conciencia. Pero mi polla dura en los pantalones. Protuberancia obvia. Tomé la negra. Olí el culo primero. Luego, la entrepierna. Manchada de flujo, pelos blancos, orina. Olor fuerte, animal. Me emborraché. Lamí, chupé. Sabor salado, ácido. La blanca igual, más cotidiana. Lengua en su coño invisible.

Temblando, salí al dormitorio. Otra planta desplazada. Pista clara. Su cama enorme, ropa tirada: vestido perla, blusa rosa, combinación, braga blanca gigante, sujetador monumental. Me arrodillé ante el altar. Palpé todo. Perfume suyo, de visitas a tía. Sesenta y ocho años. Experiencia profunda, perversa.

El instante: Explosión de olores y sabores

Sujetador: 110D. Bonetes vacíos, tetas laxeadas en mi mente. Luego, la braga. Cara contra ella. Mejillas, nariz, boca. Entrepierna amarillenta, pelos pegados. Olí, lamí, succioné. Polla a punto de explotar. La saqué. Envolví mi verga con su braga. Masturbé furioso. Glande fuera. Jugos en pañuelo. Eyaculé en segundos. Cuerpo exhausto en el suelo.

Recuperado, tiré de cajones. Bragas, lencería, portaligas. Lamí uno. Imaginé sus muslos gordos. En la almohada, un dildo pequeño. Lo chupé. Rastro de coño, pero débil. Bajo la cama, otra braga sucia. La robé. Olí, lamí una vez más.

Todo en su sitio. Salí culpable, aterrado. Pero en casa, en mi cama, la braga mía. La olí horas. Lamí su entrepierna. Masturbé de nuevo. Me dormí con la nariz en ella, doudou pervertido. Mi inocencia rota. Ya no virgen de olores. Esclavo de Madame Liz.

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