Estábamos en la orilla del Sena, en Boulogne. El río apestaba, pero a ella no le importaba. Mélanie saltaba como una loca, giraba, sus pies chapoteando en el agua sucia. Mi corazón latía fuerte. La observaba, hipnotizado. Ella, tan espontánea, tan libre. Yo, con el estómago revuelto de nervios. Habíamos comido pizza rápido, flaneado sin prisa. Pero ahora, el aire cargado de promesas. Subió ese montón de grava enorme. ‘¡Chéri, atrápame si puedes!’, gritó, libélula traviesa. La seguí. Las piedras crujían bajo mis zapatos. Sudaba. ¿Y si nos pillaban? ¿Y si Béatrice nos esperaba despierta? No había vuelta atrás. El deseo ardía en mis venas. Nervios mezclados con hambre. Ella se reía, escapaba. Mi polla ya dura, palpitando.
Rodamos al otro lado, sobre la arena húmeda y fría. Su falda se levantó. Sin bragas. Su coño apetitoso, expuesto, reluciente. Olía a ella, a sexo puro. Me lancé. Nervios en la garganta. Primera vez así, al aire libre, expuestos al mundo. Lamí despacio al principio. Su sabor salado, íntimo. Ella gemía bajito. Mis manos temblaban en sus muslos. Corazón desbocado, como un tambor. Chupé más fuerte, lengua hurgando en sus labios hinchados. Estaba empapada, jugos calientes en mi boca. Me guiaba con las manos, presionando mi cabeza. ‘¡Más, joder!’. Gritos salvajes. Rugía como fiera. Yo no paraba, aspirándola, bebiendo su éxtasis. Explosión de sensaciones nuevas. Mi inocencia se quebraba ahí, en esa playa improvisada de grava y mugre. Temblaba entero, excitado hasta el delirio. Ella convulsionaba, uñas clavadas en mi pelo.
La Aproximación
Volvimos a la casa de Béatrice, jadeantes, con la piel erizada. En la habitación de invitados, calmados pero hambrientos. Nos desnudamos lento. Primera vez sin condón. Sabía que no pasaba nada, pero el riesgo me ponía a mil. Ella o la muerte, nada más. Follando tierno, horas enteras. Ritmo suave, risas entre besos. Su cuerpo perfecto contra el mío. Sudor mezclado, pieles rozando. Entraba despacio, sintiendo cada centímetro. Ella susurraba: ‘Un día probamos el culo, pero ahora me duele’. Luego, voz melosa: ‘Quiero todo contigo, hasta matar a tu mujer’. Me heló, pero no dije nada. Blottie en mis brazos, gata satisfecha. Refollamos. Ella encima, cabalgando. Sus tetas botando, coño apretándome. Gritó al correrse, empapándome. Dormimos al amanecer, exhaustos. Esa noche me abrió horizontes. Fin de la inocencia, paso a adulto cabrón. Marcada para siempre, esa mezcla de ternura y locura. Nervios que aún me aceleran al recordarlo.