En el dormitorio de mi vieja casa semi-enterrada, la noche después de que Sandra volviera de Bretaña. Hacía calor, pero el aire fresco de las paredes gruesas nos envolvía. Ella, desnuda, bronceada, con el coño rasurado por orden del médico. Hablamos de su infección, de los óvulos, de no pasar de un agujero a otro sin condón. Mi polla ya dura solo de verla. Pero esa noche, algo nuevo flotaba. Sus ojos verdes brillaban con picardía. ‘¿Quieres probar mi culo? Nunca lo he hecho así contigo. El doctor dijo condón, pero lubricante y despacio’. Mi corazón martilleaba. ¿Primera vez anal? Miedo. ¿Dolería? ¿Entraría? Excitación me subía por el pecho. Sudaba. Ella se arrodilló en la cama, culo en pompa, redondo, firme de tanto ordeñar vacas. Nervios me atenazaban el estómago. ‘Ven, amor, confía’. No había marcha atrás. Mi polla palpitaba, venas hinchadas. Respiré hondo. Esto rompería algo en mí.
Manos temblorosas abrí el cajón. Condón. Lubricante que ella trajo. Se lo puse, resbaladizo. Ella escupió en su mano, untó su ano rosado, virgen para mí. Dedo primero, suave. Se contrajo. ‘Despacio, Jérôme’. Mi dedo entró, caliente, apretado como un puño. Ella gimió, mezcla de dolor y ganas. Sacó el dedo, polla en mano. Apoyé el glande contra el agujero. Presión. No cedía. Empujé. Corazón en garganta. Entró la cabeza. ¡Joder! Calor infernal, anillo muscular me estrujaba. Ella gritó: ‘¡Para! Duele’. Paré, besé su espalda sudada. Esperé. Batía mi pulso en las sienes. Volví a empujar, milímetro a milímetro. Entró media polla. Sensación brutal: roce intenso, diferente al coño húmedo. Su interior me succionaba. Empecé a moverme, lento. Maladresse: resbalaba, volvía a entrar torpe. Ella jadeaba, mano en el clítoris. ‘Más, sí, fóllame el culo’. Aceleré. Polla toda dentro, bolas contra su coño. Explosión de placer nuevo, prohibido. Sudor goteaba, cuerpos chocaban con palmadas húmedas. Su ano me ordeñaba, nervios en llamas. Orgasmo subía, imparable.
La Tensión de la Espera
Corrí dentro del condón, gruñendo como animal. Ella temblaba, corriéndose también. Caímos exhaustos. Culo ardiendo, sensible. La abracé, besos torpes. Lágrimas en sus ojos: placer mezclado con vulnerabilidad. Mi inocencia rota. Ya no era solo coño y tetas. Esto abría puertas salvajes, confianza total. Sentí madurez, paso a adulto en el sexo. Ella susurró: ‘Te amo, fue increíble’. Yo, mudo, corazón calmándose. Mañana dolería, pero valía. Nuevo horizonte: cuerpos sin límites, amor crudo. Pobre pero limpio, ahora follador completo. Aquella noche en mi cama, con Sandra, cambió todo.