Estaba en la gran casa perdida en el campo, esa vieja mansión de mis abuelos donde pasaba las vacaciones. Tenía dieciséis años. El tío Pierre me esperaba siempre, con su sonrisa acogedora. Esa noche, después de observar las estrellas en el jardín, el corazón me latía fuerte. Me había dicho que me enseñaría algo especial, un secreto de hombres. El aire olía a tierra húmeda y a su colonia fuerte. Subimos a su habitación. La puerta se cerró con un clic que resonó en mi pecho. Me senté en el borde de la cama, manos sudorosas. Él se acercó despacio, su mano grande en mi hombro. Sentí el calor de su cuerpo. El miedo me subía por la garganta, mezclado con una curiosidad que me ponía duro. No había marcha atrás. Sus ojos me clavaban, hablándome de mujeres sin fiar, de placeres que ellas no dan. Mi pulso acelerado, la habitación giraba un poco. Me dijo que me relajara, que era mi iniciación. Tragué saliva, el deseo ganaba.
Sus dedos rozaron mi camisa, desabotonándola torpe. Yo temblaba, rígido de nervios. Me quitó la ropa, exponiendo mi piel al aire fresco. Su aliento en mi cuello. Me besó el hombro, maldestro, como probando. Mi polla saltó, traicionándome. Él se desnudó, su cuerpo maduro, velludo, imponente. Sesenta años, pero fuerte como un roble. Me arrodilló con gentileza firme. Su verga gruesa delante de mi cara, venosa, oliendo a hombre. Nervios en el estómago, corazón desbocado. La toqué primera vez, piel caliente, pulsando. Él guió mi mano, gimiendo bajo. Abrí la boca, vacilante. El sabor salado me invadió, amargo, nuevo. Lamí la punta, torpe, saliva chorreando. Él empujó suave, llenándome la boca. Tosí, pero seguí, excitado por lo prohibido. Me levantó, me tumbó en la cama. Sus manos en mis nalgas, separándolas. Escupió en mi ano virgen, dedo entrando despacio. Dolor agudo, luego placer eléctrico. Jadeaba, sudando. Me penetró lento, centímetro a centímetro. Grité bajito, lágrimas en ojos. Lleno, estirado, roto. Empezó a moverse, ritmo creciente. Mi cuerpo respondía, polla goteando. Explosión en mí, oleadas de sensaciones brutas, sudor mezclándose, gruñidos suyos en mi oreja.
La aproximación: espera tensa y deseo ardiente
Después, yacía jadeante, semen suyo chorreando de mí. Él fumaba un cigarro, sonriendo. Me explicó sus aforismos sobre mujeres, celoso de su pureza rota esa noche. Sentí vacío dulce, inocencia ida. Adulto de golpe, sabiendo placeres oscuros. Caminé cojeando al baño, espejo mostrando mi cara cambiada. Aquella primera vez abrió horizontes prohibidos, explicando su misoginia. Ahora, con Philippe recordándome infidelidades, evoco eso: nervios que excitaban, contacto que marcó. Fin de niño, inicio de hombre visceral.