Recuerdo ese día como si fuera ayer. Bajo los ombrages del bosque, junto a la ruta empedrada. Louis, el cantonnier, me arrastró allí con promesas susurradas. Mi corazón latía desbocado. ¿Y si alguien nos ve? ¿Y si duele? Pero el deseo ardía en mi vientre, una curiosidad que me consumía. Levanté la falda con manos temblorosas, temiendo mancharla de hierba. Me senté en sus rodillas, la tela arremolinada alrededor. Él sonrió, pícaro. ‘No pasará nada’, dijo. Pero yo sentía el calor de su cuerpo subiendo por mis muslos desnudos.

Sus dedos juguetearon con mi cinturón. ‘Quítatela’, murmuró. Dudé. El rubor me quemaba las mejillas. Nunca había visto una polla de verdad, solo oído chismes de las otras. Desabroché su pantalón. La bulto en el calzoncillo me dejó sin aliento. Ayudé a bajarlo. Oh, Dios. Era enorme, venosa, el glande brillante. Mi mano la rozó por instinto. Piel suave, caliente. Late como mi pulso. ‘¿Te da miedo?’, preguntó. Asentí, pero no retrocedí. El punto de no retorno. Me desnudé torpe, la falda colgada en una rama. Desnuda ante él, vulnerable, excitada. El aire fresco erizaba mi piel, mis pechos tiritaban.

La aproximación: nervios y deseo prohibido

Me tendí él sobre la hierba seca. ‘Siéntate encima, controla tú’. Me acuclillé sobre su verga tiesa. Abrí mis labios rosados con dedos inseguros. Mi coño húmedo, virgen, palpitaba. Bajé despacio. El glande presionó la entrada. Un pinchazo agudo. ‘¡Ay!’. Me detuve, jadeante. Sudor frío en la frente. Pero el deseo ganó. Empujé más. Entró el capullo. Plenitud extraña, estiramiento ardiente. ‘Despacio’, gruñó. Bajé centímetro a centímetro. Mi coño se abrió como nunca. Dolor punzante mezclado con cosquilleo profundo. Lo sentí todo: venas rozando paredes sensibles, su calor invadiéndome. Gemí bajito. Ya no dolía tanto. Me arrodillé mejor, empecé a mover caderas. Maladroite al principio, chocando torpe. Pero oh, la fricción… oleadas de placer subían por mi espina.

El instante y la huella: del dolor al éxtasis eterno

Aceleré. Cabalgaba con furia. Mis tetas rebotaban libres, él las amasaba. ‘¡Qué buenas estás!’, jadeó. Yo solo sentía su polla grossa transperciéndome, llenándome hasta el útero. Cada embestida mandaba chispas al clítoris. Nervios en llamas, corazón a mil. Olvidé el miedo. Era mujer ahora, no niña. Gritos ahogados: ‘¡Aah! ¡Me encanta tu verga! ¡Transpérame!’. El bosque giraba. Orgasmo brutal, contracciones apretando su tronco. Él se corrió dentro, chorros calientes inundándome. Colapsé sobre él, exhausta, pegajosa.

Después, el silencio. Mi inocencia rota, pero un fuego nuevo encendido. Me vestí temblando, piernas flojas. Caminamos de vuelta, yo con secreto sonrojo. La ruta necesitaba reparos, como mi alma: remendada, pero cambiada para siempre. Aquella primera vez me abrió horizontes. Ya no era la misma Lisette. El placer del desconocido me marcó, visceral, adictivo. Aún hoy, un escalofrío me recorre al recordarlo.

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