En la cueva oculta, el agua fresca goteaba de nuestros cuerpos desnudos. El corazón me latía como un tambor minoico. Hélène, con sus pechos pequeños y firmes, me miraba con ojos brillantes bajo la luz que filtraba la grieta del techo. La estatua de la Diosa de las Serpientes nos observaba, sus senos expuestos, brazos alzados en bendición eterna. Yo, Hervé, viejo lobo de mar, sentía nervios de chaval. ¿Era esto real? Mi polla ya palpitaba, dura, traicionera. Ella se acercó, su piel dorada rozando la mía. El aire olía a musgo y sexo inminente.

Sus labios encontraron los míos, su lengua tímida al principio, luego hambrienta. Me temblaban las manos al tocar su cintura. Bajé a sus pechos, pezones duros como guijarros. Ella jadeó, arqueando la espalda. ‘Hervé…’, murmuró, voz ronca. Mi deseo crecía, un nudo en el estómago. No había marcha atrás. Desnudos ante la diosa, éramos ofrenda viva. La llevé al tapiz de musgo junto a la estatua. Mi corazón tronaba. ¿Y si Jérôme nos pillaba? ¿Y si Irena chismorreaba? Pero su mano en mi verga lo borró todo. La apreté contra mí, su vientre suave contra mi erección. El miedo se mezclaba al fuego.

La Aproximación: Temblor ante lo desconocido

Nos besamos con furia, mordiendo lenguas. Bajé por su cuello, lamiendo el agua de la fuente. Su ombligo, un pozo salado. Llegué al monte de Venus, duvet rubio húmedo. Apoyé la mejilla en su calor. Ella abrió las piernas, temblando. Mi lengua rozó los labios mayores, hinchados. Gimiendo, levantó las caderas. Lamí despacio, saboreando su sal. Se abrió como flor minoica. Hundí la lengua en su coño, chupando néctar. Sus manos en mi cabeza, clavándome uñas. ‘¡Sí!’, gritó. Su cuerpo convulsionó, jugos calientes en mi boca. Subí, besándola, compartiendo su gusto.

El Instante: Explosión de carne y misterio

Mi polla dolía, goteando. Ella la agarró, guiándola. Rozó su clítoris, lubricado. ‘Dentro, joder’, suplicó. Empujé, lento. Su coño apretado me engulló, caliente, vivo. Nos quedamos quietos, unidos. Latidos sincronizados. Luego, ritmo: salía casi, volvía hondo. Sus piernas cruzadas en mi espalda. Gemidos eco en la cueva. Sudor mezclado, pieles chocando. La diosa sonreía, testigo pagana. Aceleré, bolas golpeando su culo. Ella se corrió otra vez, uñas en mi carne. No aguanté: eyaculé dentro, chorros calientes. Grité, ella también. Unión total, éxtasis brutal.

Allí, en el musgo, Hélène acurrucada en mis brazos. El semen goteaba de su muslo. Lo recogió, untó los senos de la diosa. ‘Efkharisto, mitaïra’, dijo, voz extática. Yo, atónito. Mi inocencia se había roto. A mi edad, esta primera vez mística me abrió horizontes. Ya no era el vecino tranquilo. Creta me había marcado. Caminamos de vuelta, piernas flojas, secreto compartido. La diosa nos velaba. Fin de la niñez, inicio de pasión salvaje.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *