Giré mi silla de escritorio en la habitación, frente a Marjorie. Estaba desnuda como un gusano, pero ella aún llevaba esa falda de satén negro cortísima y su tanga. Solo pensarlo me hacía salivar, la boca y el sexo. Mi mano seguía en su tanga, acariciando su coño suave. Con la otra, bajé la cremallera de la falda. Tuve que soltar su chatita dulce para quitársela. Agarré el bajo y la deslicé por sus piernas enfundadas en medias negras. Ella se retorcía para ayudar, y por fin, esa maldita falda cayó al suelo.

Quedaba solo el tanga negro entre yo y el paraíso. Iba a ver esa rendija y esos pelos finos que tanto ansiaba. Mis manos temblaban. El corazón me latía en los oídos. ¿Y si era demasiado? Treinta años nos separaban. Yo, una vieja de 72, y ella, mi nuera joven, rusa de ojos azules. Me sujetó la cabeza y susurró: «Eres tan dulce, tus manos en mi cuerpo me vuelven loca. Te amo, Julie. Hazme tuya, enséñame el placer entre mujeres, todas las torturas sáficas. Tóma me, amor».

La Aproximación: Temblor y Deseo Irrefrenable

Sus ojos me atravesaron. No era una petición, era una súplica. Lágrimas de alegría rodaron por mis mejillas. Mi pecho subía y bajaba acelerado. Miré su monte de Venus. Bajé el tanga despacio. Su vello rojo apareció, fino, brillante de jugos. Un olor almizclado me invadió. Sus labios palpitaban. Quería devorarla, pero no como una bruta. Me levanté, la abracé. Nuestros labios se fundieron en un beso ardiente. Lenguas danzando, manos explorando. No follábamos, nos amábamos.

La empujé suave al lecho rojo. Su piel blanca contrastaba como perla en seda. Me acosté a su lado. Besé su frente, ojos, boca, cuello. Bajé a sus pechos. Sus pezones erguidos como menhires. Los lamí, chupé, mordí. Temblaba, gemía. Su vientre subía frenético. Gritaba placer. Cinco minutos de tortura. Mi boca al ombligo perfecto. Lengua hundiéndose. Sus manos en mi pelo, empujándome abajo. Sus muslos se abrieron como el Mar Rojo.

El Instante: Explosión de Sensaciones Prohibidas

Llegué a su pubis. Pelos rozando mi nariz. Olor embriagador. Mi lengua buscó su clítoris, erecto, vibrante. Lo succioné. Explotó al instante. Eyaculó como hombre: «¡Ha sí, aargg, ho Julie, sí, te amo!». Se arqueó, tembló, colapsó. Me acarició el rostro, me subió para besarme. Quedamos entrelazadas, sonrisas cómplices.

Quince minutos después, dijo: «Julie, quiero vivir contigo. Me has descubierto el placer lésbico. Hazme gozar más, enséñame todo. Solo pensarlo me moja». Abrí el cajón: dildos, arnés, doble polla. «Esta noche, solo lengua y dedos», le dije. La besé feroz. Manos y boca reconquistando su piel. Lamí ombligo, ingle. Elevó el bajo. Lengua en su raja, penetrando. Dos dedos en su coño ardiente. Pulgar en clítoris. Luego, al surco anal. Lengüita como verga en su ano. «¡Sí, fóllame el culo, soy tu puta nuera!». Cuatro dedos más. Otro orgasmo la destrozó.

La hice correr cinco veces esa noche. Sin tocarme. Era suya. Un mes después, vive conmigo. Hoy, 5 enero 2005, vuelve de la comuna con papeles para casarnos. Mi inocencia se rompió esa noche. Ya no hay vuelta atrás. Somos amantes eternas.

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