En el plató navideño, bajo las luces cegadoras y el rugido del público. El corazón me latía desbocado. Richard acababa de escribir el número en mis pechos, con esos cachetes electrónicos aún zumbando. Sudor frío en la nuca. El monitor parpadeaba con mensajes furiosos: ‘¡Que lo pruebe él!’. Sabía que no había marcha atrás. Mi primera vez. No la de un beso torpe en un asiento trasero, sino esta. Tomar el poder. Vengarme en directo. Nervios me trepaban por la piel, mezclados con un calor traicionero entre las piernas. ‘C’est vous qui décidez’, repetía el público. Richard palidecía. Yo sonreía, pero por dentro temblaba. ¿Y si paraba todo? ¿Y si mamie y papy veían esto? El pulso acelerado, las manos húmedas. Deseo de未知, de romper cadenas. Él me había usado en el ‘test’ de su oficina, con esa sonrisa satisfecha hasta que mencioné la píldora. Ahora, invertido. Mi turno. El aire espeso, olor a peluches y maquillaje. Jacky susurraba: ‘¡Decídete!’. No podía recular. Era el concepto. Mi ambición. Pecho agitado, pezones duros bajo los discos. Excitación prohibida. Sabía que cruzaría la línea. El vello erizado, estómago en nudo. Primera vez sintiendo este rush: dominar al depredador.