En la litera del camping, el aire era espeso, pegajoso. Tenía dieciocho años. Hacía un calor infernal esa noche de verano. Compartía la couchette con mi prima Maud, algo excepcional. Ella, sin pudor, se quitó todo. Su cuerpo desnudo brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. Pechos firmes, más llenos que los míos, caderas suaves. Me miró con naturalidad. ‘Hace demasiado calor’, dijo. Se deslizó bajo la sábana, piel contra tela. Mi camisón ligero se pegaba a mi sudor. El corazón me latía fuerte. Demasiado fuerte. ¿Por qué no me desnudaba yo también? La timidez me clavaba. Olía a ella. Cremas solares dulces, perfume vainillado de chica joven, sal de mar, sudor tibio y salado. Mezcla embriagadora. Me recosté rígida. Intentaba dormir. Imposible. Su presencia cálida a centímetros. Piel irradiando calor. Cada respiración suya rozaba mi brazo. Miedo y deseo revueltos en el estómago. ¿Y si se mueve? ¿Y si me toca? Recordaba la prof de inglés, su gracia andrógina. La mujer del lago Léman, su mano ardiente en mi muslo. Ahora esto. Maud. Familiar. Prohibida. El pulso acelerado retumbaba en mis oídos. Sudor perlando mi frente. No había marcha atrás. Quería esto. Lo sabía. Suspiros suaves. Se removió. Mano en mi hombro. Tibia, suave. ‘¿Estás despierta?’, murmuró. Asentí, muda. Nervios electrizando cada nervio. Deseo desconocido bullendo bajo la piel. Espera eterna. Cada segundo tensión. Corazón galopando. Listo para estallar.
Se giró hacia mí. Su pecho desnudo presionó contra mi camisón. Calor desnudo filtrándose a través de la fina tela. Pezón contra pezón. El mío se endureció al instante. Primera vez. Punzada aguda de placer. Dolor dulce. Su aliento en mi cuello, cálido, húmedo. Olor intensificado: sudor fresco, esencia femenina cruda. Mano resbalando por mi brazo. Temblaba. Yo temblaba. ‘Hace tanto calor…’, susurró. Su pierna rozó la mía. Piel contra piel. Electricidad. Bajó la mano. Hacia mi cintura. Dudó. Malabares torpes. Yo contuve el aliento. Bajé la sábana un poco. Invitación muda. Sus dedos rozaron mi muslo. Arriba. Lentos. Mi concha palpitaba. Jamás sentido eso. Calor húmedo entre piernas. No orina. Jugoso. Pegajoso. Se filtraba. Gemí bajito. Vergüenza y éxtasis. Su boca cerca de mi oreja. ‘¿Te gusta?’, voz ronca. Asentí. Beso fugaz en cuello. Lengua rápida. Salada. Mi mano, temblorosa, tocó su teta. Redonda, firme. Pezón duro como el mío. La apreté. Ella jadeó. Cuerpos pegados. Sudor mezclándose. Fricción lenta. Sus caderas contra las mías. Húmeda ella también. Olor almizclado subiendo. Fuerte. Animal. Dedos suyos en mi entrepierna. Separando labios. Húmeda, resbaladiza. Primera invasión. Explosión. Grité ahogado. Olas de placer virgen. Corazón desbocado. Piernas temblando. Ella frotó. Círculos torpes, urgentes. Mi clítoris hinchado, sensible. Nueva. Brutal. Venía. Primera vez. Convulsión. Líquido caliente brotando. Mojando sábanas. Su risa suave. ‘Así se hace’. Yo, jadeante, perdida en sensaciones crudas.
La espera nerviosa bajo las sábanas
Después, silencio pesado. Cuerpos entrelazados, pegajosos. Sudor enfriándose. Corazón calmándose lento. No culpa. Solo plenitud. Inocencia rota. Ya no niña. Mujer despertada. Su cabeza en mi hombro. Aliento regular. Yo, ojos abiertos al techo. Recordando cada roce. Cada olor. Aquella humedad primera, marca indeleble. Mañana actuaría normal. Primos riendo. Pero dentro, cambiado todo. Deseo lesbiano vivo. Ahora entendía a Michel. Su propuesta con Muriel. Listo para más. Soñé con lenguas, culottes húmedas. Durmió profunda. Yo, serena. Primera vez. Puerta abierta a lo prohibido. Adiós pureza. Hola placer visceral.