Estábamos en ese recoveco al final del último tramo de escaleras, en un viejo edificio parisino. El aire olía a polvo y a deseo viejo. Mi corazón latía como un tambor desbocado. Sudor en las palmas. Él me miraba, ese tipo arrogante de la terraza, con ojos que prometían todo. Yo sabía que Marc nos seguía. Escondido. Observando. Eso me ponía más nerviosa. Más excitada.
Subimos el ascensor de rejilla. Sus manos ya rozaban mis caderas. Yo temblaba. ‘Montemos rápido’, le dije antes, pero ahora dudaba. El pasillo era estrecho. Voces lejanas en la calle. Miedo a que alguien subiera. A que Marc se acercara demasiado. O no lo suficiente. ‘No’, susurré. ‘Prefiero que nos quedemos aquí. Y que me tomes aquí sobre la moqueta’. Mi voz salió ronca. Traicionera. Él sonrió. Arrogante. Sus dedos se clavaron en mi cintura. No había marcha atrás. El deseo me quemaba el vientre. La falda se sentía demasiado ajustada. Mis pezones duros contra el T-shirt. Nervios me recorrían la piel como electricidad.
La Aproximación
Me empujó contra la pared. Su boca en mi cuello. Mordiscos suaves. Malos. Mi respiración se aceleró. Manos torpes bajando la cremallera de mi falda. La tela rasgó un poco. Caída a mis tobillos. Sus dedos rozaron mis bragas. Ya empapadas. ‘Estás mojada’, gruñó. Yo asentí. Incapaz de hablar. El corazón me martilleaba el pecho. Pensé en Marc. En su mirada desde las sombras. Eso me excitaba más. Él se arrodilló. Besos en mis muslos. Lengua subiendo lento. Temblaba. Primera vez con un extraño. Así. Crudo. En un escondite.
El Instante
Sus manos subieron. Apartó la tela. Dedos dentro. Dos. Girando. Gemí bajo. Puño en la boca para no gritar. Él se levantó. Pantalón abajo. Polla dura. Gruesa. Venosa. La vi por primera vez. Nervios en el estómago. ¿Entraría? Me giró. Cara a la pared. Moqueta áspera bajo mis rodillas. Me abrí. Él escupió en su mano. Frotó. Empujó. Lento al principio. Dolor agudo. Luego placer. Profundo. Me llenó. Golpes rítmicos. Sudor goteando. Sus manos en mis tetas. Pellizcando pezones. Yo empujaba atrás. Maladroite. Deseando más. Gemidos ahogados. ‘Fóllame fuerte’, susurré. Él obedeció. Polla hinchada. Coño apretado. Sensaciones nuevas. Explosión. Orgasmo me sacudió. Piernas flojas. Él gruñó. Se corrió dentro. Calor líquido. Me vació.
Quedamos jadeando. Moqueta pegada a mi piel. Semen goteando por muslos. Él se apartó. Se subió el pantalón. Sonrisa satisfecha. Yo me incorporé. Falda arrugada. Tetas marcadas. Miré alrededor. Oscuro. Marc debía estar cerca. Sintiendo todo. Una lágrima. No de tristeza. De alivio. Inocencia rota. Ya no era la esposa fiel. Horizontes abiertos. Deseo despertado. Caminamos abajo. Piernas temblorosas. Él me besó la mejilla. ‘Mañana’. Yo sonreí. Nerviosa aún. Marc nos vio salir. No dijo nada. Esa noche, en casa, lo miré distinto. Él me tocó. Yo respondí. Pero pensaba en la moqueta. En esa primera vez. El cache-cache había cambiado todo. Fin de la niña buena. Nacimiento de la mujer hambrienta.